Implicaciones de la trascendencia

La doctrina de la trascendencia tiene varias implicaciones que afectarán a nuestras otras creencias y prácticas.

1. Hay algo más grande que los humanos. La humanidad no es lo mejor del universo, ni es la medida más grande de la verdad y el valor. Lo bueno, la verdad y el valor no vienen determinados por el flujo cambiante de este mundo y la opinión humana. Hay algo que nos da valor desde más arriba. El valor de los humanos no está en que ellos sean los productos mas avanzados del proceso evolutivo hasta ahora, sino que el ser supremo eterno les haya hecho a su imagen y semejanza. No es nuestra estimación sobre nosotros mismos, sino el juicio del Dios santo lo que nos da valor.

2. Dios nunca puede ser capturado totalmente en conceptos humanos. Esto significa que todas nuestras ideas doctrinales, por muy útiles y básicamente correctas que sean, no pueden abarcar completamente la naturaleza de Dios. No está limitado a nuestro entendimiento de él. Ni nuestras formas de adoración o nuestros estilos arquitectónicos para las iglesias pueden expresar lo que es Dios realmente. No hay una manera en que los seres humanos puedan representar o acercarse adecuadamente a Dios.

3. Nuestra salvación no es un logro nuestro. La comunión con Dios no se consigue con nuestros medios de acercarnos a él. Eso es imposible. No podemos llegar a su nivel cumpliendo con los estándares que él tiene para nosotros. Incluso si fuéramos capaces de llegar a ellos, no sería un logro nuestro. Que sepamos lo que él espera de nosotros es gracias a su revelación, no porque nosotros lo hayamos descubierto. Incluso aparte del problema adicional del pecado, la comunión con Dios sería estrictamente un don que Dios nos concede.

4. Siempre habrá una diferencia entre Dios y los seres humanos. La brecha entre nosotros no es sólo una disparidad moral y espiritual que tuvo su origen en la caída. Es metafísica, surge de la creación. Incluso cuando seamos redimidos y glorificados, seguiremos siendo seres humanos renovados. Nunca seremos Dios. Él siempre será Dios y nosotros siempre seremos humanos, así que siempre habrá una trascendencia divina. La salvación consiste en que Dios nos devuelve a lo que él quería que fuésemos, no en que nos eleve a lo que él es.

5. La reverencia es apropiada en nuestra relación con Dios. Ciertos estilos de alabanza, que enfatizan el gozo y la confianza que el creyente tiene en su relación con un amoroso Padre celestial, van más allá de ese punto hasta llegar a una excesiva familiaridad, tratándole como a un igual, o incluso peor, como a un sirviente. Sin embargo, si hemos captado el concepto de la trascendencia divina, esto no sucederá. Aunque hay necesidad y lugar para expresar el entusiasmo, e incluso de forma exuberante, esto no debería conducir nunca a la pérdida de respeto. Siempre debe haber una sensación de sobrecogimiento y maravilla, de lo que Rudolf Otto denominaba mysterium tremendum. Aunque hay amor, confianza y franqueza entre Dios y nosotros, no somos iguales. Él es el Señor soberano todopoderoso. Nosotros somos sus sirvientes y sus seguidores. Esto significa que debemos someter nuestra voluntad a Dios; no intentaremos ajustar su voluntad a la nuestra. Nuestras oraciones también tienen que verse influidas por esto. En lugar de hacer demandas en nuestras oraciones, oraremos como Jesús para que se haga “no nuestra voluntad, sino la suya.”

6. Buscaremos la obra de Dios genuinamente trascendente. Esto es, no esperaremos sólo las cosas que se pueden conseguir por medios naturales. Aunque utilicemos cualquier técnica de aprendizaje moderna que esté a nuestra disposición para cumplir los fines de Dios, nunca dejaremos de depender de su obra. No debemos descuidar el orar buscando su guía o su especial intervención. Por lo tanto, la consejería cristiana no difiere de otros tipos de consejería (naturalista o humanista) más que por ir precedida por una breve oración. Habrá la anticipación de que Dios, en respuesta a la fe y la oración, obrará de formas humanamente no predecibles o realizables.

Como con la inmanencia de Dios, también debemos estar prevenidos contra el énfasis excesivo de su trascendencia. No debemos buscar a Dios únicamente en lo religioso o en lo devocional; también debemos buscarlo en los aspectos “normales” de la vida. No hay que buscar milagros solamente, pero tampoco hay que ignorarlos. Algunos atributos, como la santidad, la eternidad, la omnipotencia expresan el carácter trascendente de Dios. Otros como la omnipresencia, son expresiones de su inmanencia. Pero si a todos los aspectos de la naturaleza de Dios se les da el énfasis y la atención que la Biblia les asigna, se conseguirá un entendimiento completo de Dios. Aunque Dios nunca está completamente a nuestro alcance, ya que está mucho más allá de nuestras ideas y formas, siempre está disponible para nosotros cuando nos volvemos hacia él.

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