Edificación

Otra función principal de la iglesia es la edificación de los creyentes. Aunque Jesús puso más énfasis en la evangelización, la edificación de los creyentes es, por lógica, anterior. Pablo repetidamente habla de la edificación del cuerpo. En Efesios 4:12, por ejemplo, indica que Dios ha dado varios dones a la iglesia “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” Los creyentes deben crecer en Cristo “de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (v. 16). El potencial para la edificación es el criterio mediante el cual todas las actividades, incluida nuestra expresión, tiene que medirse: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (v. 29).

Es más, en la discusión de Pablo sobre ciertos dones espirituales controvertidos, él menciona el tema de la edificación. Dice, por ejemplo, en 1 Corintios 14:4-5: “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia. Yo desearía que todos vosotros hablarais en lenguas, pero más aún que profetizarais, porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación.” La importancia de edificar a otros cuando se ejercitan dones controvertidos se menciona de nuevo, de manera distinta, en los versículos 12, 17 y 26. La última de estas referencias resume el tema: “Hágase todo para edificación.” Nótese que edificación es la mutua edificación realizada por todos los miembros del cuerpo, no sólo por el ministro o pastor.

Hay varios medios a través de los cuales los miembros de la iglesia tienen que ser edificados. Uno de ellos es la comunión. El Nuevo Testamento habla de 'koinōnia', literalmente, "tener o mantener todas las cosas en común". Y desde luego, según Hechos 5, los miembros de la iglesia primitiva incluso tenían en común sus posesiones materiales. Pablo habla de compartir las experiencias mutuamente: “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Co. 12:26). Cuando se comparte, el dolor se reduce y aumenta el gozo. Tenemos que animarnos unos a otros y tratar de entendernos. Los creyentes tenemos que sobrellevar las cargas de los demás (Gá. 6:2). En ocasiones esto puede suponer corregir y censurar, pero debe hacerse con cariño. Jesús dejó un patrón de disciplina en Mateo 18:15-17. En casos severos, puede que sea necesario expulsar a alguien del grupo, como en el caso del hombre inmoral que se menciona en 1 Corintios 5:1-2. Sin embargo, el primer objetivo de una acción disciplinaria de ese tipo no es la de deshacerse de un miembro que ha errado, sino la de hacer que esa persona vuelva a tener una vida recta y por tanto regrese a la comunión con los creyentes.

La iglesia también edifica a sus miembros mediante la instrucción o enseñanza. Esta es parte de la tarea más amplia de discipular. Uno de los mandamientos de Jesús en la Gran Comisión es enseñar a los convertidos a “que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:20). Para este fin, uno de los dones que Dios da a las iglesias es el de “pastores y maestros” (Ef. 4:11) para preparar y formar a la gente de Dios para el servicio. Sin embargo, no es necesario que la instrucción la imparta siempre el pastor-maestro oficial de la congregación, ni es necesario que se dé dentro de un grupo grande. Una hermosa imagen de esta verdad se aprecia en Hechos 18. Apolos, un judío formado y elocuente que había llegado a cierto conocimiento de Jesús, estaba hablando con valentía en la sinagoga de Éfeso. Allí Priscila y Aquila le escucharon, después le invitaron a su casa y “le expusieron con más exactitud el camino de Dios” (v. 26). Después continuó su ministerio incluso con mayor eficacia.

La educación puede tomar muchas formas y suceder a muchos niveles. A la iglesia le incumbe utilizar todos los medios legítimos y toda la tecnología disponible hoy en día. Primero, está la educación cristiana en la iglesia local, o por ejemplo, a través de la escuela dominical. Más allá de este nivel, la iglesia local colabora con otras iglesias para llevar a cabo aspectos específicos de su tarea instructiva. Por ejemplo, los seminarios teológicos y las escuelas bíblicas forman pastores-maestros y a otros para que instruyan a la gente en la Palabra. Esto es una adaptación del mandato de Pablo a Timoteo: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Ti. 2:2).

Como la iglesia tiene la tarea de enseñar la verdad de Dios como la revelan las Santas Escrituras, por implicación tiene la obligación de madurar en su entendimiento de esa revelación. Por tanto la tarea de la erudición bíblica le incumbe a la iglesia. Esta tarea la llevan a cabo especialistas que poseen dones en esta materia. Pero la iglesia debe estudiar no sólo la revelación especial de Dios, sino su revelación general y la relación entre las dos. Las universidades cristianas son un medio a través del cual la iglesia puede cumplir su responsabilidad de instruir. Las academias y escuelas privadas cristianas realizan el mismo esfuerzo a un nivel menos avanzado. Y las escuelas misioneras, donde se alfabetiza, forman a la gente para leer el mensaje bíblico.

La predicación es otro medio de instrucción que ha utilizado la iglesia cristiana desde sus mismos inicios. En 1 Corintios 14, cuando Pablo habla de profetizar, probablemente se está refiriendo a predicar. Comenta que profetizar tiene más valor que hablar en lenguas, porque construye o edifica la iglesia: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (vv. 3-4).

Para el fin de la edificación mutua Dios ha equipado a la iglesia con diferentes dones proporcionados y repartidos por el Espíritu Santo (1 Co. 12:11). El Nuevo Testamento contiene cuatro listas significativamente diferentes de dones. Siempre que virtudes como la fe, el servicio y la generosidad, que según la Biblia, se espera que tengan todos los creyentes se presentan como dones especiales del Espíritu, parece que el escritor tiene en mente dimensiones o grados extraordinarios o inusuales de esas virtudes. El Espíritu Santo en su sabiduría ha dado justo lo que se necesita, para que el cuerpo como un todo pueda ser edificado y equipado.