Los dones milagrosos hoy en día

Algunos de los dones más espectaculares han atraído mucha atención y provocado una gran controversia en los últimos años. A estos dones a veces se les denomina dones extraordinarios, milagrosos, especiales, señales o carismáticos, siendo esta última una expresión en cierto modo redundante ya que 'charismatabásicamente significa dones. Los que con más frecuencia se mencionan son curación por fe, exorcismo de demonios, y especialmente glosolalia o hablar en lenguas. La cuestión que ha ocasionado más controversia es si el Espíritu Santo todavía dispensa estos dones en la iglesia hoy en día o no, y si lo hace, si son normativos (esto es, si todos los cristianos podrían y deberían recibirlos y ejercitarlos). Como la glosolalia es el don más prominente de todos, nos concentraremos en él. Nuestras conclusiones servirán para evaluar también el resto de los dones.

Para poder entender y tratar correctamente este tema tan controvertido tenemos que examinar las dos posturas sobre el mismo:

1. El tema de la glosolalia ha sido discutido a lo largo del siglo XX por los pentecostales y en los últimos años por los carismáticos. Su posición, que se basa en gran medida en los pasajes narrativos del libro de los Hechos, es bastante clara. La argumentación suele comenzar con la observación de que tras los episodios de conversión y regeneración que aparecen en Hechos, solía haber un bautismo o un llenarse del Espíritu Santo y que su manifestación normal era la de hablar en una lengua desconocida. No existe indicación alguna de que el Espíritu dejase de conceder a la iglesia ese don. Desde luego existen evidencias de que el don continuó a lo largo de la historia de la iglesia hasta el presente. Aunque a menudo ocurrió solo en grupos pequeños, relativamente aislados, dio a estos grupos una vitalidad espiritual especial.

A menudo se emplea una argumentación experimental para apoyar la glosolalia. La gente que ha experimentado en sí misma este don o que lo ha observado en otros tiene una certeza subjetiva sobre esa experiencia. Enfatizan los beneficios que produce en la vida espiritual cristiana, especialmente revitalizando nuestra vida de oración.

Además, los defensores de la glosolalia argumentan que la práctica no está prohibida en ningún lugar en las Escrituras. Al escribir a los corintios, Pablo no censura el uso adecuado del don, sino el uso inadecuado. De hecho, dice: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros” (1 Co. 14:18). Además recomendó a sus lectores: “Procurad, sin embargo, los dones mejores” (1 Co. 12:31) y “procurad los dones espirituales” (1 Co. 14:1). Identificando “dones mejores” y “dones espirituales” con lenguas, los defensores de la glosolalia concluyen que el don de hablar en lenguas es a la vez posible y deseable en los cristianos.

2. Los que rechazan la idea de que el Espíritu Santo todavía siga dispensando los dones carismáticos argumentan que históricamente los dones milagrosos cesaron; prácticamente fueron desconocidos durante la mayor parte de la historia de la iglesia. Cuando estaban presentes, normalmente era en grupos aislados, caracterizados por tener creencias no ortodoxas sobre algunas otras doctrinas importantes. Algunos que rechazan la posibilidad de la glosolalia contemporánea utilizan 1 Corintios 13:8 como evidencia: “cesarán las lenguas”. Señalan la distinción en ese versículo entre el verbo que se utiliza con “lenguas” y el que se utiliza con “profecía” y “conocimiento”. No sólo es una palabra diferente, sino que se utiliza la voz media en el primer ejemplo y la pasiva en el segundo. Según esto, se argumenta que las lenguas, al contrario que la profecía y el conocimiento, no estaban pensadas para ser concedidas hasta el fin de los tiempos, y que ya han cesado. Por lo tanto, no se incluye lenguas en la referencia de dones imperfectos, que desaparecerán cuando llegue la perfección (vv. 9-10). Algunos teólogos argumentan en contra de que los dones milagrosos sigan sucediendo basándose en Hebreos 2:3-4: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales, prodigios, diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad”. La idea central de esta argumentación es que el propósito de los dones milagrosos era certificar y por tanto autentificar la revelación y la encarnación. Cuando ese propósito se hubo cumplido, siendo los milagros innecesarios, simplemente desaparecieron.

Otro aspecto del argumento negativo es la existencia de paralelismos de la glosolalia que obviamente no tienen que ser interpretados como dones especiales del Espíritu Santo. Se señala que, por ejemplo, fenómenos similares se encuentran en otras religiones. Las prácticas de vudú de ciertos curanderos son un ejemplo. Además el fenómeno no fue algo exclusivo de los cristianos de los tiempos bíblicos. El oráculo de Delfos, no lejos de Corinto, hacía declaraciones en éxtasis no muy diferentes a la glosolalia que encontramos en la iglesia de Corinto. La psicología también encuentra paralelismos entre hablar en lenguas y ciertos casos de sugestión intensificada causada por el lavado de cerebro y la terapia de electroshock.

Un punto de interés particular en los últimos años ha sido el estudio de la glosolalia por parte de los lingüistas. Algunos defensores de la glosolalia mantienen que las lenguas de Corinto eran, como en Pentecostés, auténticos idiomas. De la misma manera mantienen que las lenguas hoy son verdaderos idiomas, y que cualquiera que esté familiarizado con la lengua en particular que se esté hablando podría entenderla sin la ayuda de un intérprete. Sin embargo, otros dicen que al contrario que las lenguas de Pentecostés, las lenguas de Corinto y las de hoy en día son manifestaciones de sílabas aparentemente no relacionadas y que por lo tanto no muestran las características de ninguna lengua humana conocida. A este segundo grupo no le afectan las investigaciones lingüísticas. Sin embargo, los que mantienen que las lenguas hoy en día realmente son idiomas existentes tienen que hacer frente a muchos casos de glosolalia en los que simplemente no existe un número suficiente de características de idioma para poder clasificarlos como tal.

¿Existe una manera de tratar de forma responsable las consideraciones que plantean las dos partes de la disputa? Como el tema tiene un efecto significativo en la manera en que uno lleva la vida cristiana, e incluso en el estilo o tono de la vida cristiana, la cuestión no puede ignorarse sin más. Aunque pocas conclusiones dogmáticas se pueden extraer de esta área, sí se pueden realizar algunas observaciones significativas.

En lo que se refiere al bautismo del Espíritu Santo, señalamos primero que el libro de los Hechos habla de una obra especial del Espíritu que se produce tras el nuevo nacimiento. Sin embargo, parece que el libro de los Hechos cubre un periodo de transición. Desde ese momento el patrón normal ha sido el de que la conversión/regeneración y el bautismo del Espíritu Santo coincidan. Pablo escribe en 1 Corintios 12:13: “porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”. Del versículo 12 se desprende claramente que ese “un cuerpo” es Cristo. Por tanto, Pablo parece estar diciendo en el versículo 13 que nos hemos convertido en miembros del cuerpo de Cristo al ser bautizados en él mediante el Espíritu. El bautismo por el Espíritu parece ser, si no igual a la conversión y al nuevo nacimiento, al menos simultáneo a ellos.

Pero ¿qué pasa con los casos de Hechos en los que está claro que existe una separación entre conversión/regeneración y el bautismo del Espíritu? Según la observación del párrafo anterior que dice que Hechos cubre un periodo de transición, mi interpretación es que estos casos sí implican realmente a gente que se regeneró antes de recibir al Espíritu Santo. Fueron los últimos de los creyentes del Antiguo Testamento. Estaban regenerados porque creyeron en la revelación que habían recibido y sintieron temor de Dios. Sin embargo, no habían recibido el Espíritu, porque la promesa de su venida no se podía cumplir hasta que Jesús no hubiera ascendido. (Hay que tener en cuenta que incluso los discípulos de Jesús, que desde luego ya estaban regenerados bajo el sistema del Nuevo Testamento, no fueron llenos del Espíritu hasta Pentecostés). Pero en Pentecostés, cuando los que ya estaban regenerados según el sistema del Antiguo Testamento recibieron a Cristo, se llenaron del Espíritu Santo. Tan pronto como eso sucedió, ya no hubo más creyentes regenerados del Antiguo Testamento. Después de los sucesos de Pentecostés no encontramos otros casos claros de una experiencia de postconversión como esa entre los judíos. Lo que sucedió con los judíos como grupo (Hch. 2) también les sucedió a los samaritanos (Hch. 8), a los gentiles (Hch. 10). De ahí en adelante, regeneración y bautismo del Espíritu fueron simultáneos. El caso de los discípulos de Apolos en Hechos 19 parece ser un tema de creyentes no del todo evangelizados, ya que habían sido bautizados sólo mediante el bautismo de Juan, que era el del arrepentimiento, y ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo. En ninguno de estos cuatro casos el bautismo del Espíritu Santo era algo que buscasen los receptores, ni existe ninguna indicación de que el don no lo tuvieran todos los miembros del grupo. Este esquema interpretativo parece encajar bien con las palabras de Pablo en 1 Corintios 12:13, con el hecho de que las Escrituras en ningún lugar nos ordenen bautizar en el Espíritu Santo o mediante él y con lo que se dice en Hechos.

Según mi opinión, no es posible determinar con toda certeza si los fenómenos carismáticos contemporáneos son realmente dones del Espíritu Santo. Simplemente no existen evidencias bíblicas que indiquen el tiempo en el que se cumplirá la predicción de que las lenguas cesarán. Es como mínimo cuestionable concluir basándonos en las diferencias entre los verbos en 1 Corintios 13:8 que las lenguas cesarán en algún momento, y la profecía y el conocimiento en otro. No existe evidencia histórica clara y concluyente. La situación es en cierta manera como la que existe respecto a la doctrina de la sucesión apostólica. Hay muchas evidencias por ambas partes. Cada grupo puede citar una impresionante cantidad de datos que, son ventajosos para su postura ignorando todos los datos presentados por el otro grupo. Sin embargo, esta falta de certeza histórica no es un problema. Porque incluso si la historia probase que el don de lenguas ya ha cesado, no existe nada que impida a Dios restablecerlo. Por otra parte, la prueba histórica de que el don ha estado presente durante varias etapas de la iglesia no validaría los fenómenos actuales.

Por lo tanto lo que debemos hacer es evaluar cada caso según sus propios méritos. Esto no significa que nos pongamos a juzgar la experiencia espiritual o la vida espiritual de otros cristianos. Lo que significa es que no podemos asumir que todo el que dice haber experimentado una obra especial del Espíritu Santo lo haya hecho realmente. Estudios científicos han descubierto suficientes paralelismos no causados por el Espíritu como para que estemos prevenidos y no creamos ingenuamente cualquier manifestación de este tipo. Desde luego no todas las experiencias religiosas excepcionales pueden ser de origen divino, a menos claro que Dios sea un ser ampliamente ecuménico y tolerante, que conceda manifestaciones especiales de su Espíritu a alguien que no se identifica en absoluto con la fe cristiana y que incluso puede oponerse a ella. Desde luego si las fuerzas demoníacas podían imitar los milagros divinos en los tiempos bíblicos (por ejemplo, los magos en Egipto imitaban las plagas hasta cierto punto), lo mismo podría ocurrir hoy en día. Sin embargo, al contrario no hay prueba concluyente de que tales dones no son para hoy y que no se puedan dar en la actualidad. En consecuencia, no se puede generalizar a priori y de forma categórica que la glosolalia sea falsa. De hecho, puede resultar sumamente peligroso, según las advertencias de Jesús sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo, atribuir fenómenos específicos a una actividad demoníaca.

Al final, que la Biblia enseñe que el Espíritu dispensa o no dones especiales hoy en día no es un tema que traiga demasiadas consecuencias prácticas. Porque, incluso aunque los dispense, nosotros no debemos dedicar nuestras vidas a buscarlos. Él los reparte soberanamente; sólo él determina quién los recibirá (1 Co. 12:11). Él escoge darnos un don especial, sin importar que nosotros los estemos esperando o buscando. Lo que se nos pide que hagamos (Ef. 5:18) es llenarnos del Espíritu Santo (un imperativo presente, que sugiere una acción continuada). Esto no sugiere que nosotros vayamos a tener cada vez un poco más del Espíritu Santo; seguramente todos tenemos al Espíritu completamente. Más bien, de lo que se trata es de que él posea más de nuestras vidas. Cada uno de nosotros debería aspirar a dar al Espíritu Santo todo el control de su vida. Cuando esto sucede, nuestras vidas manifiestan esos dones que Dios quería que tuviéramos, además de todo el fruto y los actos que por su capacitación él desea mostrar a través de nosotros. Hay que recordar, como hemos señalado antes, que no hay un don que le sea dado a todos los cristianos, y que ningún don es más importante que otro.

De muchas maneras, más importante que recibir ciertos dones es el fruto del Espíritu. Estas virtudes son, según la opinión de Pablo, la evidencia real de que el Espíritu obra en los cristianos. El amor, el gozo y la paz en la vida de una persona son las señales más seguras de que existe una experiencia vital con el Espíritu. En particular, Pablo resalta el amor como más deseable que cualquier don, no importa lo espectacular que sea (1 Co. 13:1-3).

Pero ¿cuál sería la manera correcta de proceder con respecto a la práctica pública hoy en día de lo que se dice que son los dones bíblicos de glosolalia?

(1) Primero, no se deberían sacar conclusiones por adelantado sobre si el don es genuino o no.

(2) A continuación, se debería seguir el procedimiento establecido por Pablo hace tiempo. Así si alguien habla en lenguas, debería haber un intérprete para que todo el grupo pudiera ser edificado. Sólo debería hablar una persona a la vez y no más de dos o tres personas por sesión (1 Co.14:27). Si no hay nadie presente que pueda hacer de intérprete, ya sea el hablante o cualquier otra persona, el supuesto hablante deberá guardar silencio en la iglesia y restringir el uso de las lenguas para la devoción personal (v. 28). No se debe prohibir hablar en lenguas (v. 39); por otra parte, no se nos ordena en ninguna parte buscar este don.

Finalmente, deberíamos señalar que el énfasis de las Escrituras está en el que concede los dones y no en el que los recibe. Dios con frecuencia realiza obras milagrosas sin la participación de agentes humanos. Leemos, por ejemplo, en Santiago 5:14-15, que los ancianos de las iglesias tienen que orar por los enfermos. Es la oración de la fe, no un obrador de milagros humano, la que los salva. Cualquiera que sea el don, es la edificación de la iglesia y la glorificación de Dios lo que realmente importa al final.