Consideraciones teológicas generales

Hay consideraciones teológicas generales que argumentan a favor de la unidad de los creyentes. Estas consideraciones incluyen la unidad del antiguo Israel y la unidad de Dios, en la cual se basa el concepto de nación de Israel. Israel tenía que ser una sola nación porque el Dios al que adoraban era uno. Que Dios es uno se expresa con más claridad en pasajes como Deuteronomio 6:4. Como Dios es uno, el pueblo de Israel debía alabarlo con todo el corazón (v. 5). Es más, como Dios es uno, el universo es realmente uno. Todo él ha sido creado por Dios, como enseña Génesis 1; todo el mundo, al estar unido, satisface la voluntad de su Creador. Como todas las cosas, incluso el ser humano, tienen un origen común y un único Señor, es completamente deseable, de hecho, es necesario, que los creyentes se unan.

La unidad del Israel del Antiguo Testamento está simbolizada por dos instituciones, el templo y la ley. En Deuteronomio 12, queda claro que todas las demás formas de alabanza quedan eliminadas porque hay un solo Dios verdadero. El templo es el lugar donde habita Dios; todo el pueblo de Israel tiene que centrar allí su alabanza. De forma similar la ley es un factor unificador. Todas las personas sin importar su tribu o clase social tienen que obedecerla.

Varias imágenes del Nuevo Testamento dejan claro que la iglesia, como sucesora de Israel, debería seguir sus pasos en la manifestación de la unidad. Como Israel, los creyentes en Cristo constituyen una raza, una nación: “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 P. 2:9). Pero el Nuevo Testamento va más allá del concepto de raza, porque hay gran variedad de pueblos en la nueva comunidad de Dios. La unidad es más intensa; Pablo se refiere a la iglesia como a una familia: “Por eso, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:19). Aquí Pablo introduce la imagen del templo para resaltar la idea de la unidad: “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En él todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:20-22). Pedro de forma similar habla de la iglesia como una casa espiritual: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 P. 2:5).4

La imagen de la iglesia como la novia de Cristo igualmente argumenta a favor de la unidad entre los creyentes. Desde el principio, el matrimonio se pretendió que fuera monógamo: “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Gn. 2:24). Aquí no se sugiere otra cosa que no sea un hombre y una mujer. Jesús cita este versículo para argumentar a favor de la permanencia del matrimonio (Mt. 19:5), y Pablo lo cita en un pasaje que compara la relación matrimonial con la relación entre Cristo y la iglesia (Ef. 5:31). Si la iglesia es la novia de Cristo, debe haber un cuerpo, no muchos.

La imagen de la iglesia como cuerpo de Cristo es otro poderoso argumento a favor de la unidad. Cuando Pablo habla sobre la multiplicidad de miembros y funciones dentro de la iglesia dice explícitamente: “Así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo, porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:12-13).

La argumentación teológica más profunda de Pablo a favor de la unidad de los creyentes probablemente la encontremos en Efesios y Colosenses. En Colosenses 1:13-23, un pasaje que empieza con una nota soteriológica y después cambia a la obra creadora de Dios, Pablo declara que Cristo ha creado todas las cosas (vv. 15- 16) y en él todas subsisten (v. 17). Esto significa que él es la cabeza del cuerpo, la iglesia (v. 18). Alcanza el clímax en los versículos 19-20: “porque al Padre agradó que en él habitara toda la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” El objetivo de Cristo es reconciliar todas las cosas con él. Todas las cosas, incluida la iglesia, se unirán en él. Pablo tiene este fin en mente cuando ruega en 3:14-15: “Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo. Y sed agradecidos.”

La unidad de la iglesia es un tema destacado a lo largo del libro de Efesios. El primer capítulo concluye con la imagen de Cristo como “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo” (Ef. 1:22-23). En el siguiente capítulo el énfasis se pone en la unidad de judíos y gentiles: “Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades (la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas), para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (2:14-16). El capítulo termina con un pasaje que señalamos anteriormente: judíos y gentiles uniéndose para ser un templo santo en el Señor (vv. 20-22). En el capítulo 4 Pablo hace una lista de las bases sobre las cuales la iglesia debe considerarse una (4:4-6). Stig Hanson comenta sobre este pasaje: “Un cuerpo hace referencia a la iglesia como el cuerpo de Cristo, que es la opinión de la mayoría de los expositores. Este cuerpo debe ser uno porque Cristo es uno, y Cristo no puede ser dividido.” Más tarde en el capítulo (vv. 11-14), Pablo desarrolla la idea del ministerio, que tiene el propósito de edificar la iglesia en una única fe (v. 5). Esto garantiza la unidad iniciada por el único Cristo.

 

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