Bautismo como símbolo de salvación

Otra teoría, considera el bautismo como un símbolo, una demostración externa o indicación del cambio interno que se ha producido en el creyente. Sirve como testimonio público de nuestra fe en Jesucristo. Es un rito iniciático: somos bautizados en el nombre de Cristo.

Cristo ordenó el acto del bautismo (Mt. 28:19-20). Como fue instituido por él, se entiende que es más una ordenanza que un sacramento. No produce ningún cambio espiritual en el bautizado. Continuamos practicando el bautismo simplemente porque Cristo lo ordenó y porque sirve como forma de proclamación. Confirma el hecho de nuestra propia salvación para nosotros mismos y la afirma para los demás.

El acto del bautismo no aporta beneficios o bendiciones especiales. En particular, no se nos regenera a través del bautismo, porque el bautismo presupone fe y la salvación hacia la que conduce la fe. Es, por tanto, un testimonio de que uno ya ha sido regenerado. Si existe beneficio espiritual, es el hecho de que el bautismo nos hace miembros o participantes de la iglesia local.

Para esta teoría del bautismo, la cuestión de los sujetos adecuados para el bautismo es muy importante. Los candidatos para el bautismo ya habrán experimentado el nuevo nacimiento gracias a la fe. Habrán demostrado una evidencia creíble de su regeneración. Aunque no es competencia de la iglesia o de la persona que administra el bautismo juzgar al candidato, existe obligación de determinar al menos que el candidato entiende el significado de la ceremonia. Esto se puede determinar pidiendo al candidato que dé testimonio oral o que responda a algunas preguntas. Precedente para tales precauciones antes de administrar el bautismo lo podemos encontrar en las palabras del Bautista a los fariseos y los saduceos que acudían a él para bautizarse: “¡Generación de víboras!, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mt. 3:7-8).

El bautismo del que estamos hablando es el bautismo de los creyentes, no necesariamente el bautismo de adultos. Es el bautismo de aquellos que reúnen las condiciones para la salvación (o sea, arrepentimiento y fe activa). Evidencia de esta posición la podemos encontrar en el Nuevo Testamento. Primero, hay un argumento negativo o argumento por el silencio. En el Nuevo Testamento la única gente a la que se identifica específicamente por su nombre cuando son bautizados son adultos. Los argumentos de que “seguramente habría niños cuando se bautizaba a casas enteras” y “no podemos estar seguros de que no hubiera niños bautizados” no tienen demasiado peso frente a los que mantienen el bautismo de los creyentes; y, de hecho, esos argumentos parecen bastante flojos. Además las Escrituras dejan claro que la fe personal, consciente en Cristo es requisito previo para el bautismo. En la Gran Comisión, el mandamiento de bautizar sigue al de discipular (Mt. 28:19). Juan el Bautista exigía arrepentimiento y confesión del pecado (Mt. 3:2, 6). Al final de su sermón de Pentecostés, Pedro llamó al arrepentimiento y después al bautismo (Hch. 2:37-41). Creer y a continuación ser bautizado es el patrón en Hechos 8:12; 18:8 y 19:1-7.25 Todas estas consideraciones llevan a la conclusión de que los creyentes responsables son la única gente que debe ser bautizada.

En lo que se refiere al modo del bautismo, hay alguna variación. Ciertos grupos, en particular los menonitas, practican el bautismo de los creyentes, pero por otros modos distintos a la inmersión. Sin embargo, probablemente la mayoría de los que defienden el bautismo de los creyentes utilizan exclusivamente la inmersión, y por lo general se les identifica como bautistas. Si el bautismo se entiende como símbolo y testimonio de la salvación que ha sucedido en la vida del individuo, no es sorprendente que la inmersión sea el modo predominante, ya que es el que mejor representa la resurrección del creyente de una muerte espiritual.

 

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