La cura para el pecado

Nuestro punto de vista de la causa del pecado es lo que determinará nuestra idea de cuál será la cura para el pecado, ya que la cura del pecado necesariamente tiene que implicar la negación de la causa. Teniendo en cuenta los apartados anteriores:

Si uno mantiene, como hace Tennant, que el pecado sencillamente es la persistencia de los instintos y patrones de comportamiento normales de nuestra herencia animal en un periodo de responsabilidad moral, la cura no puede ser regresar a un estado de inocencia anterior. Sino que sería cuestión de liberarse de esos viejos instintos, o de aprender a controlarlos o dirigirlos adecuadamente. Este concepto de cura para el pecado asume la creencia optimista de que el proceso evolutivo está llevando a la raza humana en la dirección correcta.

Si uno adopta el punto de vista de Niebuhr de que el pecado surge de la ansiedad de ser seres finitos, intentando superar por nuestros propios medios la tensión entre la finitud y la libertad para aspirar a más, la cura implicará la aceptación de nuestros propios límites y poner nuestra confianza en Dios. Pero esta cura trata de alterar una actitud que tenemos, no se trata de una auténtica conversión.

Tillich relaciona el pecado con el alejamiento existencial, que parece ser un acompañante natural del hecho de ser una criatura. También aquí, la cura fundamental es la de tratar de cambiar de actitud, no una conversión real. La solución implica ser cada vez más conscientes de que se forma parte del ser, o que se participa de la base de la existencia. El resultado será la cancelación de nuestra separación de la base de la existencia, de otros seres y de uno mismo.

Si se adoptan las premisas de la teología de la liberación, la solución al problema del pecado está en eliminar la opresión y las desigualdades en las posesiones y el poder. En lugar de la evangelización de individuos, lo que se trata es de emprender acciones económicas y políticas dirigidas a alterar la estructura de la sociedad para eliminar el pecado.

Según Elliot la solución es la educación. Como el pecado (competitividad individualista) se aprende mediante la educación y los condicionamientos sociales, hay que eliminarlo de la misma manera. El antídoto es la educación que fomente un esfuerzo no competitivo para la consecución de objetivos comunes.

Desde la perspectiva bíblica, el problema está en que los seres humanos son pecadores por naturaleza y viven en un mundo en el que fuerzas poderosas les inducen a pecar. La cura para el pecado procederá de una alteración sobrenatural de nuestra naturaleza humana y también de la ayuda divina para contrarrestar el poder de la tentación. Es la conversión individual y la regeneración la que cambiará a la persona y la conducirá a una relación con Dios que le hará posible llevar una vida cristiana plena.

 

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