La enseñanza de la extensión del pecado en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento es incluso más claro en lo que se refiere a la universalidad del pecado humano. El pasaje más conocido es, por supuesto, Romanos 3, donde Pablo cita y elabora sobre Salmos 14 y 53, y también 5:9; 140:3; 10:7; 36:1; e Isaías 59:7-8. afirma que “tanto judíos como gentiles están bajo pecado” (v. 9), y después añade una serie de citas descriptivas empezando por: “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (vv. 10-12). Ninguno será justificado por las obras de la ley (v. 20). La razón es clara: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (v. 23). Pablo también deja claro que está hablando no sólo de los no creyentes, de aquellos que están fuera de la fe cristiana, sino también de los creyentes, incluido él mismo. En Efesios 2:3 reconoce que “entre ellos [los hijos de la desobediencia v. 2] vivíamos también todos nosotros en otro tiempo, andando en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.” Parece que no hay excepciones a esta regla universal. En su declaración sobre la ley y su función, Pablo hace mención al hecho de que “la Escritura lo encerró todo bajo pecado” (Gá. 3:22). De forma similar en 1 Juan 5:19 indica que “el mundo entero está bajo el maligno.”

La Biblia no sólo afirma con frecuencia que todos somos pecadores; también lo asume por todas partes. Fijémonos, por ejemplo, que el mandato al arrepentimiento alcanza a todos. Cuando Pablo habló en el Areópago dijo: “Durante mucho tiempo Dios perdonó a los que hacían todo eso, porque no sabían lo que hacían; pero ahora Dios ordena que todos los que habitan este mundo se arrepientan” (Hch. 17:30). Aunque Jesús nunca necesitó confesar pecado ni arrepentirse, es necesario que todos los demás lo hagan, porque es obvio que todos pecan. Hablando con Nicodemo sobre volver a nacer, Jesús hizo su declaración universal: “Te aseguro que si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5). Todos necesitan la transformación que trae el nuevo nacimiento. Parece que en el Nuevo Testamento toda persona, por el hecho de serlo, se considera un pecador que necesita arrepentirse y nacer de nuevo. El pecado es universal. Como dice Ryder Smith: “La universalidad del pecado se da por hecho. Examinándolos, se encuentra que todos los discursos de Hechos, incluso el de Esteban, y todas las Epístolas asumen que todos los hombres han pecado. Esta es también la suposición de Jesús en los Evangelios sinópticos. Jesús trata a todos sobre la base de que ‘Aquí hay un pecador.’”

Además de confirmar y asumir por todas partes que todos los humanos son pecadores, la Biblia también ilustra este hecho en abundancia. Pecadores flagrantes aparecen en las páginas de las Escrituras. La mujer samaritana en Juan 4 y los ladrones en la cruz son ejemplos obvios. Pero lo que es más impresionante es que incluso la gente buena, los rectos, los héroes de las Escrituras, sean presentados como pecadores. Ya hemos señalado varios ejemplos del Antiguo Testamento: Noé, Abraham, Moisés, David. Y en el Nuevo Testamento leemos sobre los fallos de los discípulos de Jesús. Los pecados de Pedro le trajeron varias reprimendas de Jesús, el más severo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mt. 16:23). La ambición egoísta y el orgullo se revelaron no solo en el intento de que Santiago y Juan fueran colocados en los lugares de poder a la derecha y a la izquierda de Jesús, sino también en el resentimiento y la indignación de los demás discípulos (Mt. 20:20-28; Mr. 10:35-45; Lc. 22:24-27). Este incidente es todavía más sorprendente porque se produce poco después de que hubieran discutido sobre cuál de ellos era más grande, y Jesús había respondido con un discurso sobre la necesidad de servir (Mt. 18:1-5; Mr. 9:33-37; Lc. 9:46-48).

Una prueba adicional de la universalidad del pecado es que todas las personas están sujetas a la pena por el pecado, esto es, la muerte. Excepto aquellos que estén vivos cuando Cristo regrese, todos sucumbirán a la muerte. Romanos 3:23 (“por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”) y 6:23 (“Porque la paga del pecado es la muerte.” ) están relacionados entre sí. La universalidad de la muerte de la que habla el segundo versículo es evidencia de la universalidad del pecado de la que habla el primero. Entre estos dos versículos está Romanos 5:12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” Aquí, también, el pecado es considerado universal.

 

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