Los escritos paulinos

Cuando nos fijamos en los escritos paulinos, apreciamos una rica colección de enseñanzas sobre la expiación, unas enseñanzas que se corresponden con lo que los evangelios dicen sobre el tema. Pablo identifica e iguala el amor y la obra de Jesús con la que realiza el Padre. Se pueden citar muchos textos: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Co. 5:19); “Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8); “Lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro. 8:3); “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32). Por tanto, al igual que los autores de los evangelios y el mismo Jesús, Pablo no considera la expiación como algo que Jesús hizo independientemente del Padre; es obra de ambos. Es más, lo que dice Pablo sobre el amor del Padre, lo dice también sobre el amor del Hijo: “El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Corintios 5:14); “Cristo nos amó y se dio a sí mismo por nosotros" (Ef. 5:2). El amor del Padre y del Hijo es intercambiable. George Ladd comenta: “La idea de que la cruz expresa el amor de Cristo por nosotros porque lleva a cabo la expiación ante un Padre severo y renuente, perfectamente justo y absolutamente inflexible es una perversión de la teología del Nuevo Testamento.”

Sin embargo, una vez dicho esto, debemos señalar que el tema de la ira divina debida al pecado es algo muy destacado en Pablo. Es importante darse cuenta de que, por ejemplo, Romanos 3:21-26, un pasaje sobre la redención que Dios proporciona con Jesucristo, es la culminación de un proceso de razonamiento que empezó con el pronunciamiento de la ira de Dios contra el pecado: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad" (Ro. 1:18). La santidad de Dios requiere que haya expiación para que la condición de condenados de los pecadores pueda ser superada. El amor de Dios proporciona esta expiación.

Pablo con frecuencia pensaba en la muerte de Cristo y hacía referencia a ella como un sacrificio. En Efesios 5:2 la describe como “ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragrante.” En 1 Corintios 5:7 escribe: “porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.” Sus numerosas referencias a la sangre de Cristo también sugieren un sacrificio: hubo un “sacrificio por medio de la fe en su sangre” (Ro. 3:25); “hemos sido ya justificados en su sangre” (Ro. 5:9); “En Él tenemos redención por su sangre” (Ef. 1:7); “Habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef. 2:13); ha reconciliado con él todas las cosas, “haciendo la paz mediante la sangre de la cruz” (Col. 1:20). Ladd ha señalado, no obstante, que hubo poco derramamiento de la sangre de Cristo como tal. Aunque hubo pérdida de sangre cuando le colocaron la corona de espinas en la cabeza y cuando le clavaron los clavos en la carne, no fue hasta el momento en que murió cuando la sangre (mezclada con agua) fluyó copiosamente (Jn. 19:34). Así que las referencias a la sangre de Cristo no se refieren a la sangre física en sí, sino a su muerte como sacrificio por nuestros pecados.

El apóstol Pablo mantiene también que Cristo murió por nosotros y en nuestro nombre. Dios “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Ro. 8:32); “Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8); “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Ef. 5:2); Cristo se hizo “maldición por nosotros” (Gá. 3:13); “murió por nosotros” (1 Ts. 5:10). 

Finalmente, Pablo considera la muerte de Cristo propiciatoria, o sea, que Cristo murió para aplacar la ira de Dios contra el pecado. Este punto ha sido cuestionado, especialmente por C. H. Dodd en su libro "The Bible and the Greeks". Dodd basa su argumento en la manera en que el verbo 'hilaskomaiy sus derivados se utilizan en la Septuaginta. Sostiene que no es la propiciación, sino la expiación lo que se aprecia en versículos como Romanos 3:25: “El significado transmitido (según el uso LXX que es constantemente determinativo para Pablo) es el de expiación, no el de propiciación. La mayoría de los traductores y los comentaristas se equivocan en esto.” Dios no fue aplacado por la muerte de Cristo. Más bien, lo que Cristo consiguió con su muerte fue limpiar a los pecadores de su pecado, cubrir su pecado y su impureza. Dodd construye su teoría no sólo bajo consideraciones lingüísticas, sino también bajo consideraciones algo más generalmente teológicas. A. G. Herbert añade que “puede ser correcto creer que la ira de Dios se ‘aplacó’ con la expiación de Cristo, como algunas teorías ‘transaccionales’ sobre la expiación han creído porque es Dios el que, en Cristo, reconcilia al mundo consigo mismo... puede ser correcto no poner ninguna oposición entre la ira del Padre y el amor del Hijo.”

 

A pesar de la posición adoptada por Dodd, Ladd ha argumentado que 'hilaskomai' desde luego significa propiciación. Lo rebate desde cuatro puntos:

1. En los autores helenísticos no bíblicos como Josefo o Filo, la palabra significa uniformemente “propiciar.” Lo mismo ocurre con su uso en los padres apostólicos. Leon Morris ha dicho: “Si los traductores y los escritores del Nuevo Testamento desarrollaron un significado totalmente nuevo del grupo de palabras, pereció con ellos y no resucitó hasta nuestros días.”

2. Hay tres lugares en la Septuaginta en los que 'exilaskomaihace referencia a propiciación o a aplacar a Dios (Zac. 7:2, 8:22; Mal. 1:9). El comentario de Dodd sobre estos pasajes es que parece que hay algo excepcional en el uso de la palabra aquí.

3. Aunque la palabra rara vez se utiliza en la Septuaginta con “Dios” como objeto directo, también debe señalarse que nunca se utiliza en el Antiguo Testamento con la palabra pecado como objeto directo.

4. Hay muchos lugares en el Antiguo Testamento en los que, aunque realmente no se utilice para referirse a aplacar la ira de Dios, la palabra aparece en un contexto en el que se encuentra a la vista la ira de Dios.

Por las consideraciones anteriores, parece cuestionable que las conclusiones de Dodd, por influyentes que puedan parecer, sean acertadas. Sus conclusiones pueden haber sido resultado de una concepción inadecuada de la Trinidad, una mala concepción que se traiciona a sí misma al ser incapaz de tomar en serio la evidencia contraria en pasajes tales como Zacarías 7:2; 8:22 y Malaquías 1:9.

En contraposición con Dodd, nosotros señalamos que hay pasajes en los escritos de Pablo que no se pueden interpretar de forma satisfactoria si negamos que la ira de Dios necesitaba ser aplacada. Esto es particularmente cierto en Romanos 3:25-26. En el pasado, Dios había dejado los pecados sin castigo. Se le podía haber acusado perfectamente de pasar por alto el pecado porque no había exigido castigo por él. Sin embargo, ahora había puesto a Jesús como 'hilasterion'. Esto prueba a la vez que Dios es justo (la ira requiere el sacrificio) y que él es el justificador de aquellos que tienen fe en Jesús (su amor proporcionó el sacrificio por ellos).

Los numerosos pasajes que hablan de la ira ('orgē') de Dios contra el pecado son evidencia de que la muerte de Cristo fue necesariamente propiciatoria: Romanos 1:18; 2:5, 8; 4:15; 5:9; 9:22; 12:19; 13:4-5; Efesios 2:3; 5:6; Colosenses 3:6 y 1 Tesalonicenses 1:10; 2:16; 5:9. Así que, la idea de Pablo no es simplemente que la muerte expiatoria (Cristo como hilasterion) cubre el pecado y limpia de su corrupción (reparación), sino que el sacrificio también aplaca a un Dios que odia el pecado y está radicalmente en contra de él (propiciación).

 

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