El evangelio: el centro del ministerio de la iglesia

Debemos observar ahora atentamente al factor que da forma básica a todo lo que hace la iglesia, el elemento que está en el centro de todas sus funciones, esto es, el evangelio, la buena nueva. Al principio de su ministerio Jesús anunció que había sido ungido para predicar el evangelio; más tarde encargó a los apóstoles para que continuaran extendiendo el evangelio.

Jesús confió a los creyentes la buena nueva que había caracterizado su propia enseñanza y predicación desde el principio mismo. Es significativo que, en el libro de Marcos, la primera actividad que se recoge de Jesús después de su bautismo y tentación sea su predicación del evangelio en Galilea: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús fue a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios. Decía: ‘El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepentíos y creed en el evangelio!’” (Mr. 1:14-15). De forma similar, Lucas recoge que Jesús inauguró su ministerio en Nazaret leyendo de Isaías 61:1-2 y aplicando la profecía a sí mismo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18-19). Y cuando Juan el Bautista preguntó si Jesús era realmente el que había sido profetizado, la respuesta de Jesús incluyó como prueba el hecho de que “a los pobres es anunciado el evangelio” (Lc. 7:22). Mateo relataba el ministerio de Jesús de la siguiente manera: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt. 9:35). Es más, Jesús vinculaba la fidelidad al evangelio muy de cerca con el compromiso con él: “Respondió Jesús y dijo: —De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, aunque con persecuciones, y en el siglo venidero la vida eterna” (Mr. 10:29-30). También declaró que el evangelio debe ser predicado a todas las naciones y por todo el mundo antes del fin de los tiempos (Mt. 24:13; Mr. 13:10).

La palabra clave del Antiguo Testamento que hace referencia al evangelio es el verbo 'basar'. Tiene el sentido general de “proclamar la buena nueva.” Un ejemplo lo encontramos en 1 Reyes 1:42, donde Adonías le dice a Jonatán el hijo del sacerdote Abiatar: “Entra, porque tú eres hombre valiente y traerás buenas noticias.” David utiliza el verbo en 2 Samuel 4:10: “Al que me dio la noticia de que Saúl había muerto, imaginándose que traía buenas noticias, yo lo prendí y lo maté en Siclag, como pago por esa noticia.” Un mensajero que venía de la batalla se creía que traía buenas noticias (2 S. 18:27). En Jeremías 20:15 el verbo se utiliza para referirse a las buenas noticias del nacimiento de un hijo.

En algunos casos, el verbo 'basarse utiliza para hablar de un mensaje que no es favorable, como en 1 Samuel 4:17, donde un mensajero anuncia la caída de Israel, la pérdida del arca, y la muerte de los hijos de Elí, Ofni y Finees, una combinación de malas noticias que dieron como resultado la muerte de Elí: este se cayó de la silla hacia atrás y se rompió la nuca. En 1 Reyes 1:42 e Isaías 52:7, así como en 2 Samuel 18:27, el adjetivo 'tob' (“bueno”) se utiliza junto con 'basar'. En consecuencia, algunos estudiosos han llegado a la conclusión de que el verbo en sí mismo significa simplemente “entregar un mensaje”. Esto es, se cree que es neutral en lo que se refiere a que si las noticias son positivas o negativas. Gerhard Friedrich rechaza esta conclusión, apelando a la evidencia de otras lenguas semíticas.

De la misma forma, las palabras clave del Nuevo Testamento que hacen referencia al evangelio ('euangelizomai' y 'euangelio'), mediante el elemento 'eu', invariablemente denotan buenas nuevas. De hecho, Friedrich declara categóricamente: “'euangelioes un término técnico para “noticias de victoria.”

Se ha cuestionado que Jesús utilizara el término 'euangelio' (o más correctamente, su término arameo correspondiente) hablando de sí mismo. Sin embargo, es suficiente observar que Jesús pensaba de sí mismo no sólo que hablaba de las buenas noticias, sino que era las buenas noticias:

"La cuestión realmente decisiva no es si el mismo Jesús utilizaba la palabra euangelion, sino si es una palabra adecuada a la sustancia del mensaje. No hay duda de que Jesús consideraba su mensaje de la venida del reino de Dios (Mr. 1:14), que estaba ya presente en su palabra y en sus obras, como buenas noticias... es más, él aparecía no sólo como el mensajero y autor de su mensaje, sino que al mismo tiempo era el sujeto, el mismo del cual hablaba el mensaje. Por lo tanto es bastante coherente que los primeros cristianos tomaran el término euangelion para describir el mensaje de salvación en conexión con la venida de Jesús".

Friedrich observa que si Jesús utilizó la palabra 'euangelion' de sí mismo es “una cuestión de su conciencia mesiánica. Si se dio cuenta de que era el Hijo de Dios que debía morir y resucitar de nuevo, también se dio cuenta de que él mismo era el contenido del mensaje... Lo que daba con su persona constituía el contenido del evangelio.”

Entre los escritores del Nuevo Testamento Pablo es el que más uso hace de los términos 'euangelizomai' y 'euangelio'. Es significativo que en muchas ocasiones utilice el nombre sin ningún calificativo; o sea, no hay ningún adjetivo, frase o cláusula que defina lo que se quiere decir con “el evangelio” (Ro. 1:16; 10:16; 11:28; 1 Co. 4:15; 9:14 [dos veces]; 9:23; 2 Co. 8:18; Gá. 2:5, 14; Fil. 1:5, 7, 12, 16, 27; 2:22; 4:3, 15; 1 Ts. 2:4; 2 Ti. 1:8; Flm. 13). Es obvio que 'euangelion' tenía un significado lo suficientemente estandarizado como para que los lectores de Pablo supieran con precisión lo que se quería decir con “el evangelio.” La palabra tiene dos sentidos básicos: la proclamación activa del mensaje y el contenido proclamado. Los dos sentidos aparecen juntos en 1 Corintios 9:14: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio [el contenido], que vivan del evangelio [el acto de proclamarlo].”

Parece que cuando Pablo utiliza la palabra 'euangelion' como objeto directo de un verbo que indique hablar o escuchar, tiene en mente un contenido en particular, un conjunto particular de hechos. Entre los verbos de hablar que se usan junto con 'euangelion'  están 'euangelizomai' (1 Co. 15:1; 2 Co. 11:7; Gá. 1:11), 'katangelō', 1 Co. 9:14), 'kērussō', Gá. 2:2; Col. 1:23; 1 Ts. 2:9), 'laleō', 1 Ts. 2:2), 'gnōrizō', 1 Co. 15:1; Ef. 6:19), 'didaskō', Gá. 1:12), y 'anatithemi', Gá. 2:2). Los verbos con significado de oír que se utilizan con 'euangelion' incluyen 'akouō', Col. 1:23), 'proakouō', Col. 1:5), 'paralambanō', 1 Co. 15:1; Gá. 1:12) y 'dechomai', 2 Co. 11:4).

La cuestión que se plantea es que si Pablo y sus lectores consideraban que el evangelio implicaba cierto contenido, ¿cuál era ese contenido? Aunque Pablo en ningún momento nos hace una declaración completa y detallada de los principios del evangelio, algunos pasajes son indicativos de lo que incluye. En Romanos 1:3-4 habla de que el evangelio “se refiere a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos.” En 1 Corintios 15 Pablo recuerda a sus lectores en qué términos les había predicado el evangelio (v. 1): “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez...Después apareció a Jacobo y después a todos los apóstoles. Por último...a mí” (vv. 3-8). Una referencia más breve la encontramos en la exhortación de Pablo en 2 Timoteo 2:8 “Acuérdate de Jesucristo, descendiente de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio.”

Resumiendo: Pablo consideraba que el evangelio se centraba en Jesucristo y en lo que Dios había hecho a través de él. Los puntos esenciales del evangelio son el estatus de Jesucristo como Hijo de Dios, su humanidad genuina, su muerte por nuestros pecados, su entierro, resurrección, sus posteriores apariciones y la futura venida en juicio. Se podría decir que, para Pablo, Jesucristo es el evangelio. De hecho, el apóstol utiliza la expresión “el evangelio de Cristo” en varias ocasiones (Ro. 15:19; 1 Co. 9:12; 2 Co. 2:12; 9:13, 10:14; Gá. 1:7; Fil. 1:27; 1 Ts. 3:2). Friedrich sostiene que no debemos intentar determinar si se utiliza el genitivo objetivo o subjetivo en estos pasajes; hay que entender a Cristo como el objeto y el autor de este mensaje. Pablo considera las verdades esenciales de este mensaje del evangelio como la realización de las promesas del Antiguo Testamento (Ro. 1:1-4; 16:25-26; 1 Co. 15:1-4). Incluso el hecho del juicio que ha de venir son buenas noticias para el creyente (Ro. 2:16), ya que Cristo será el agente del juicio. Para el creyente, el resultado del juicio será la vindicación, no la condena.

Observar aquello a lo que Pablo se opone o rechaza es otra manera de determinar algunos de los elementos básicos del evangelio. La razón por la que escribió su carta a los gálatas fue porque se habían apartado de aquello que él había predicado y de aquel en quién creían y se dirigían hacia un tipo de evangelio que en realidad no era evangelio en absoluto (Gá. 1:6-9). Algunos de los gálatas habían llegado a creer que la justicia, se podía obtener mediante obras. Por su parte, el auténtico evangelio, argumenta Pablo, mantiene categóricamente que uno es justificado por la fe en la obra de gracia de Jesucristo en su muerte y resurrección.

A pesar de todo lo dicho hasta ahora, no debemos pensar en el evangelio como un mero recital de verdades teológicas y sucesos históricos. Más bien, relaciona estas verdades y sucesos con la situación de cada creyente individual. Por lo tanto, Jesús murió “por nuestros pecados” (1 Co. 15:3). La resurrección de Jesús tampoco es un hecho aislado; es el inicio de la resurrección general de todos los creyentes (1 Co. 15:20 en conjunción con Ro. 1:3-4). Es más, el futuro juicio nos afecta a todos. Todos seremos juzgados según nuestra actitud personal hacia el evangelio y nuestra respuesta a él: “En llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8).

Para Pablo, el evangelio es esencial. Declara a la iglesia de Roma que el evangelio “es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego” (Ro. 1:16). Les recuerda a los corintios que “por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1 Co. 15:2). A los efesios les explica: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef. 1:13). Es el medio a través del cual se obtiene la vida. Le escribe a Timoteo que la gracia de Dios “ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Ti. 1:10). El evangelio trae paz y esperanza a los que creen. Así, Pablo habla del “evangelio de la paz” (Ef. 6:15) y de “la esperanza del evangelio que habéis oído” (Col. 1:23).

Convencido de que sólo el evangelio puede traer la salvación y todas sus bendiciones adicionales, Pablo insiste en que el evangelio es absoluto y exclusivo. No se le debe añadir ni quitar nada, no existe una ruta alternativa para la salvación. Ya hemos aludido al caso de ciertos judaizantes que llegaron a Galacia después de que Pablo predicara allí. Tratando de mejorar el evangelio, insistían en que los gentiles conversos se sometieran a la circuncisión, un rito que la ley del Antiguo Testamento obligaba a cumplir a los seguidores del judaísmo. Pablo se oponía vigorosamente a esto, ya que cualquier dependencia de tales obras constituía una pérdida parcial de confianza en la eficacia de la gracia. Les recordó a los gálatas que todos los que confiaban en la ley tenían que cumplirla en todos sus puntos y por eso estaban destinados al fracaso (Gá. 3:10). Los creyentes que han pasado a creer en este evangelio diferente han abandonado a aquel que les llamó (1:6). Pablo se opone tan categóricamente a cualquier esfuerzo que suponga alterar el mensaje del evangelio que declara: “Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anuncia un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (v. 8). Reitera este pensamiento en el versículo siguiente: “Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: ‘Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema’” (v. 9).(En griego, el verbo de la primera frase es subjuntivo, señalando hacia una situación hipotética, mientras que en la segunda está en indicativo, señalando hacia una situación real). Seguramente Pablo insistiría mucho en algo así sólo si lo considerara de suma importancia.

Sabiendo que el evangelio es el único camino para la salvación, Pablo está decidido a defenderlo. Escribe a los filipenses sobre “la defensa y confirmación del evangelio” (Fil. 1:7). Los que predican a Cristo por amor saben que Pablo estuvo en prisión por defender el evangelio (v. 16). En ambos ejemplos, la palabra griega es 'apologia', un término legal que significa el caso de alguien que ha sido traído a juicio. Pablo estaba preparado para dar un argumento razonado del evangelio. Es de destacar que en su carta a la iglesia de Filipos Pablo hable en defensa del evangelio. Es probable que el carcelero que respondió a la presentación que hizo Pablo del evangelio y se convirtió en una persona nueva (Hch. 16:25-34) fuera miembro de esa iglesia. Habiendo sido testigo en esa misma ciudad de un terremoto que demostraba el poder salvador de Dios, ¿podría Pablo haber abandonado alguna vez el evangelio? No obstante algunas personas afirman que el evangelio no necesita defensa, que se defiende por sí mismo. Sin embargo, este razonamiento va en contra del patrón de actuación del mismo Pablo, por ejemplo, cuando habla en el areópago (Hch. 17:16-34). La objeción a un enfoque apologético reside en un malentendido sobre cómo obra Dios, en no poder reconocer que para provocar la fe en el Espíritu Santo utiliza la mente y la razón humanas.

No debemos caracterizar la actividad de Pablo simplemente como una defensa del evangelio. También tuvo carácter ofensivo. Estuvo dispuesto a proclamar las buenas noticias a todas las naciones. Quiso que se estableciera por todas partes. Quiso predicarlo a los romanos (Ro. 1:15). Se sentía como obligado a esta misión: “¡Ay de mí si no anunciara el evangelio!” (1 Co. 9:16).

Este evangelio no sólo pasa por todas las barreras raciales, sociales, económicas y educativas (Ro. 1:16; Gá. 3:28), también se extiende a lo largo de los siglos. Un mensaje que no envejece (Jud. 3), es la herencia sagrada de la iglesia hoy en día. En una época en la que la mayoría de las ideas y sistemas de pensamiento, así como las técnicas y productos, son de usar y tirar, la iglesia tiene un recurso infalible y duradero, un mensaje que es el único medio de salvación. La iglesia puede mostrar la misma confianza en el evangelio que la que tuvo Pablo, porque sigue siendo el mismo evangelio; el tiempo no ha erosionado su eficacia.

La iglesia tiene buenas noticias que ofrecer al mundo, noticias que, como ya hemos señalado anteriormente, ofrecen esperanza. A este respecto el mensaje y el ministerio de la iglesia son especiales. Porque en nuestro mundo hoy en día existe poca esperanza. Por supuesto, en distintos grados, siempre ha habido escasez de esperanza. Sofocles, en la edad dorada de Grecia unos cinco siglos antes de Cristo, escribió: “No haber nacido en absoluto, esa es sin duda la mejor de las suertes. La segunda mejor es nada más nacer y a toda velocidad regresar al lugar de donde uno procede.” Sin embargo, en el siglo XXI, la desesperanza ha alcanzado nuevas proporciones. El existencialismo ha producido obras literarias como "A puertas cerradas" de Jean Paul Sartre y “El mito de Sísifo” de Albert Camus. En los periódicos hay pocas noticias alentadoras ya sea en lo social, en lo económico o en lo político. En Herzog Saul Bellow ha capturado muy bien el espíritu de toda nuestra era: “Pero ¿cuál es la filosofía de toda esta generación? No que Dios esté muerto, ese periodo pasó hace ya mucho tiempo. Quizá debería establecerse que la muerte es Dios. Esta generación cree –y este es el pensamiento de los pensamientos– que nada fiel, vulnerable, frágil puede durar o tener auténtico poder. La muerte espera por estas cosas al igual que un suelo de cemento espera la caída de una bombilla.” Por el contrario, la iglesia dice con Pedro: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 P. 1:3). Existe esperanza, y se cumple cuando creemos y obedecemos el evangelio.

El evangelio ofrece sus bendiciones de paz, gozo y satisfacción de forma contraria a lo que esperamos. (No es de sorprender, ya que Jesús no era el tipo de Mesías que sus contemporáneos esperaban.) No obtenemos los beneficios del evangelio buscándolos directamente, porque Jesús dijo: “Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Mr. 8:35). Sólo cuando renunciamos a nuestra voluntad, a nuestra codicia, al orgullo, surgen la paz, el gozo y la satisfacción. Lo mismo se puede decir de la autoestima. Los que buscan reforzar su autoestima directamente fracasan. Porque la auténtica autoestima es un subproducto que procede de exaltar y amar a Dios.

Como el evangelio ha sido, es y será siempre el único camino para la salvación, y la única manera, la iglesia debe conservar el evangelio a toda costa. Cuando se modifica el evangelio, la vitalidad de la iglesia se pierde. La iglesia muere. Kenneth Scott Latourette señala lo que ocurrió cuando el racionalismo erosionó partes del mensaje del evangelio, y en particular la persona de Cristo:

"Aquellas formas [de la iglesia] que se adaptaron tanto al entorno que sacrificaron esa identidad sin tiempo ni lugar se extinguieron con la muerte de la época, la sociedad y el clima de opinión al que se habían ajustado. El elemento central de lo distintivo de Jesús, de la fidelidad a su nacimiento, a su vida, enseñanzas, muerte y resurrección como sucesos dentro de la historia, y el creer que Dios obra a través de él para revelarse a sí mismo y para la redención de los hombres ha demostrado ser esencial para la continuidad de la vida".

La verdad de las observaciones de Latourette ha sido evidente en el cristianismo del siglo XX. Los grupos que en la primera mitad del siglo abandonaron el evangelio de la regeneración sobrenatural mediante la fe en un Cristo sobrenatural y expiador no prosperaron. Es más, han entrado en declive a medida que el impulso espiritual se alejó de ellos. Los grupos evangélicos conservadores, por otra parte, han crecido. Estos grupos que han continuado predicando el evangelio que predicó Pablo, que han ofrecido una auténtica alternativa a un mundo incrédulo o secular, han sido capaces de ganar a no cristianos. Este fenómeno se ha examinado en libros como el de Dean Kelly "Why Conservative Churches Are Growing" (Por qué crecen las iglesias conservadoras). El evangelio sigue siendo el poder de Dios para salvar a todo el que cree, tal como lo era en el siglo primero.

 

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