Bautismo como signo y sello del pacto

La posición mantenida por los teólogos tradicionales reformados y los presbiterianos va muy unida al concepto del pacto. Consideran que los sacramentos, de los cuales el bautismo es uno, son signo y sellos de la gracia de Dios. Los sacramentos no son medios de gracia ex opere operato o en virtud de algún contenido del rito mismo. Más bien, como dice la Confesión de Bélgica, son: “signos visibles y sellos de algo interno e invisible, por medio de los cuales Dios obra en nosotros por el poder del Espíritu Santo.” En particular, son signos y sellos de que Dios está cumpliendo el pacto que estableció con la raza humana. Al igual que la circuncisión en el Antiguo Testamento, el bautismo nos asegura las promesas de Dios.

 

La importancia del sacramento del bautismo no es tan clara para los reformados y los presbiterianos como para los sacramentalistas. El pacto, la promesa de gracia de Dios, es la base, la fuente de la justificación y la salvación; el bautismo es el acto de fe mediante el cual entramos a participar de este pacto y por tanto experimentamos sus beneficios. El acto del bautismo es a la vez el medio de iniciación al pacto y el signo de la salvación. Charles Hodge lo dijo de esta manera: “Dios por su parte, promete garantizar los beneficios representados en el bautismo a todos los adultos que reciben el sacramento en el ejercicio de la fe, y a todos los niños que, cuando lleguen a la madurez, se mantengan fieles a los votos que se hicieron en su nombre cuando fueron bautizados.” En el caso de los adultos, estos beneficios son absolutos, mientras que la salvación de los niños está condicionada a la continuación futura de los votos hechos.

Los sujetos en el bautismo son en muchos aspectos los mismos que en el punto de vista sacramentalista. Por una parte, todos los adultos que creen han de ser bautizados. Ejemplos de las Escrituras son aquellos que respondieron a la invitación de Pedro en Pentecostés, creyeron y fueron bautizados (Hch. 2:41) y el carcelero de Filipos (Hch. 16:31-33). Por otra parte, los niños de padres creyentes también han de ser bautizados. Aunque el bautismo de niños no se ordena de forma explícita en las Escrituras, no obstante se enseña de forma implícita. Dios hizo un pacto espiritual con Abraham y su descendencia (Gn. 17:7). Este pacto ha continuado hasta nuestros días. En el Antiguo Testamento siempre se hace referencia a él en singular (por ejemplo, Éx. 2:24; Lv. 26:42). Sólo existe un mediador del pacto (Hch. 4:12; 10:43). Los convertidos del Nuevo Testamento participan o son herederos del pacto (Hch. 2:39; Ro. 4:13-18; Gá. 3:13-18; He. 6:13-18). Por tanto, la situación de los creyentes tanto en el Nuevo Testamento como hoy en día hay que entenderla según los términos del pacto hecho con Abraham.

Como el pacto del Antiguo Testamento se mantiene vigente, sus provisiones se mantienen. Si los niños estaban incluidos en el pacto en aquel entonces, lo siguen estando hoy. Ya hemos observado que el pacto no era sólo para Abraham, también era para sus descendientes. También es importante el carácter universal del concepto que el Antiguo Testamento tiene de Israel. Los niños estaban presentes cuando se renovó el pacto (Dt. 29:10-13). Josué leyó los escritos de Moisés ante todos los presentes: “delante de toda la congregación de Israel, de las mujeres, los niños” (Js. 8:35). Cuando el Espíritu del Señor vino sobre Jahaziel y expresó la promesa del Señor para todo Israel los niños estaban presentes (2 Crón. 20:13). Toda la congregación, incluso los niños que todavía mamaban (Jl. 2:16), escucharon la promesa de Joel de que se derramaría el Espíritu sobre los hijos y las hijas (v. 28).

Ahora se produce un paso clave en el argumento: al igual que la circuncisión era el signo del pacto del Antiguo Testamento, el bautismo lo es en el Nuevo Testamento. Está claro que la circuncisión ha sido dejada de lado, ya no es satisfactoria (Hch. 15:1-2; 21:21; Gá. 2:3-5; 5:2-6; 6:12-13; 15). El bautismo ha sustituido a la circuncisión como rito iniciático en el pacto. Fue Cristo el que hizo esta sustitución. Ordenó a sus discípulos que evangelizaran y bautizaran (Mt. 28:19). Al igual que los prosélitos convertidos al judaísmo debían ser circuncidados, los convertidos al cristianismo tienen que ser bautizados. Es su marca de entrada al pacto. Los dos ritos tienen claramente el mismo significado. Que la circuncisión indicaba que se trataba de cortar con el pecado y cambiar el corazón se puede ver en las numerosas referencias del Antiguo Testamento a la circuncisión del corazón, o sea, la circuncisión espiritual en contraposición con la circuncisión física (Dt. 10:16; 30:6; Jer. 4:4; 9:25-26; Ez. 44:7, 9). El bautismo es representado de forma similar como un lavamiento de pecados. En Hechos 2:38 Pedro instruye a sus oyentes: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.” En 1 Pedro 3:21 escribe: “El bautismo... ahora nos salva.” Pablo hace otra referencia: “por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit. 3:5), y también vincula el bautismo con el avivamiento espiritual (Ro. 6:4). Una evidencia concluyente de que se está suplantando la circuncisión con el bautismo la encontramos en Colosenses 2:11-12: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha por mano de hombre, sino por la circuncisión de Cristo, en la cual sois despojados de vuestra naturaleza pecaminosa. Con él fuisteis sepultados en el bautismo, y en él fuisteis también resucitados por la fe en el poder de Dios que lo levantó de los muertos.”

Es necesario hacer dos observaciones adicionales:

1. Los que sostienen que el bautismo es esencialmente un signo y sello del pacto afirman que no es legítimo imponer a un niño las obligaciones que incumben a un adulto.

2. Resaltan el aspecto objetivo del sacramento. Lo que realmente importa no es la reacción subjetiva, sino nuestra iniciación objetiva dentro del pacto con su promesa de salvación.

Según el enfoque reformado y presbiteriano del bautismo, el modo tiene una consideración de relativamente poca importancia. El verbo 'baptizoes ambiguo. Lo que era importante en los tiempos del Nuevo Testamento era el hecho y las consecuencias del bautismo, no la manera en que era administrado. Existen indicaciones de que el medio utilizado en los tiempos del Nuevo Testamento no fue, en realidad, no podría haber sido, exclusivamente la inmersión. Por ejemplo, ¿Juan habría sido capaz físicamente de sumergir a todos los que vinieron a él? ¿El carcelero de Filipos dejó su puesto en la prisión para ir donde hubiera agua suficiente para la inmersión? ¿Se trajo agua a casa de Cornelio en cantidad suficiente para realizar la inmersión? Cuando se bautizó a Pablo, ¿abandonó el lugar donde Ananías lo encontró? Estas preguntas sugieren que la inmersión puede que no haya sido practicada en todos los casos.

Es más, la inmersión no es necesaria para conservar el simbolismo del bautismo. El rito del bautismo no ejemplifica principalmente la muerte y la resurrección, sino con la purificación. Cualquiera de los diferentes medios de ablución del Antiguo Testamento -sumergir, verter, rociar- representarán la purificación. Son los 'diaphorois baptismois' a los que se hace referencia en Hebreos 9:10. Según estas consideraciones, podemos usar cualquier medio que sea apropiado y que esté a nuestra disposición.

 

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