Bautismo como medio de gracia salvadora

Algunos grupos creen que el acto de bautizar con agua realmente aporta gracia a la persona bautizada. Esta es la doctrina de la regeneración bautismal: el bautismo produce una transformación, haciendo que la persona pase de la muerte espiritual a la vida. La forma más extrema de esta teoría la encontramos en el catolicismo tradicional. Sin embargo, nos centraremos en una posición luterana clásica que comparte muchas características con el catolicismo.

El bautismo, según los sacramentalistas, es un medio a través del cual Dios imparte la gracia salvadora; trae como resultado el perdón de los pecados. Ya sea despertando o fortaleciendo la fe, el bautismo produce el lavamiento de la regeneración. Según la forma de pensar luterana, el sacramento es ineficaz a menos que la fe ya esté presente. A este respecto, la posición luterana difiere de la católica, que mantiene que el bautismo confiere la gracia ex opera operato, o sea, que el sacramento actúa por sí mismo. El punto de vista luterano, en otras palabras, resalta que la fe es un requisito previo, mientras que el punto de vista católico enfatiza que el sacramento es autosuficiente. Se debería hacer hincapié en que el sacramento no es una infusión física de una sustancia espiritual dentro del alma de la persona bautizada.

A menudo se hace una comparación entre el sacramento del bautismo y la predicación de la Palabra. Predicar despierta la fe introduciéndose por el oído para tocar el corazón. El bautismo, por su parte, llega al corazón a través de los ojos.

El sacramento es Dios actuando, no una obra que la persona bautizada ofrece a Dios. Tampoco es una obra en la que el ministro o el párroco vierte cierta forma de gracia sobre la persona bautizada. Más bien, el bautismo es la obra del Espíritu Santo iniciando a la gente en la iglesia: “Así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo, porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co. 12:13).2

Romanos 6:1-11 es crucial para el punto de vista sacramentalista del bautismo. En su interpretación de este pasaje el bautismo no es simplemente una imagen de nuestra unión con Cristo en su muerte y resurrección, sino que el bautismo realmente nos une con Cristo. Cuando Pablo dice: “todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte” (v. 3), quiere decir que el bautismo nos une con la muerte de Cristo y su resurrección (v. 5).3

Además de estar unido objetivamente a Cristo de una vez y para siempre con el bautismo, el sacramento también tiene un efecto subjetivo en el creyente. Este efecto durará a lo largo de toda su vida, aunque el bautismo sólo se administre una vez. A los creyentes a menudo se les recordará este hecho. En realidad, esto es lo que se hace Pablo en Romanos 6:3-5 y en Gálatas 3:26-27. El saber que uno ha sido bautizado y que por tanto está unido a Cristo en su muerte y resurrección será una fuente constante de ánimo e inspiración para el creyente.

Los sujetos del bautismo, para el luteranismo, entran dentro de dos grupos generales:

1. Están los adultos que han llegado a la fe en Cristo. Ejemplos explícitos los encontramos en Hechos 2:41 y 8:36-38.

2. Los niños y los bebés también eran bautizados en los tiempos del Nuevo Testamento. Evidencias se ven en el hecho de que los niños son traídos ante Jesús para que los toque (Mr. 10:13-16). Además, leemos en Hechos que casas enteras fueron salvadas (Hch. 11:14 [ver 10:48]; 16:15, 31-34; 18:8). Es razonable suponer que la mayoría de estas casas no estaban compuestas por personas adultas exclusivamente. Los niños forman parte del pueblo de Dios, de igual manera que sin duda formaban parte de la nación de Israel en el Antiguo Testamento.

Para los sacramentalistas, que los niños fueran bautizados en el Nuevo Testamento es el precedente para que sean bautizados hoy en día. Es más, para ellos el bautismo de los niños es necesario. Porque todas las personas han nacido en este mundo con el pecado original, lo cual es razón suficiente para estar condenados. La mancha de este pecado debe ser eliminada. Como los niños no son capaces de ejercer por sí mismos la fe necesaria para la regeneración, es esencial que reciban la limpieza que trae el bautismo.

En la teología católico romana, los infantes no bautizados que mueren no pueden entrar en el cielo. Son enviados a un lugar llamado limbus infantium. Allí no sufren las penas y privaciones del infierno, pero tampoco disfrutan de los beneficios y las bendiciones del cielo. La teología luterana, por su parte, no está muy segura de la posición de los niños no bautizados. Existe una posibilidad de que Dios tenga un medio, que no nos ha sido revelado completamente, de proporcionar fe a los niños no bautizados de los cristianos. Se nos recuerda que en el Antiguo Testamento las niñas, aunque no eran circuncidadas, de alguna manera podían disfrutar de los beneficios del pacto. Sin embargo, no hay una propuesta similar para los hijos de los no creyentes. Ni existe dogmatismo sobre ninguna de estas materias, ya que no nos han sido reveladas, pero están entre las cosas inescrutables de Dios. Hay, según observan los luteranos, una larga práctica de bautismo de niños, que se puede verificar en fuentes extra-bíblicas al menos desde el segundo siglo después de Cristo. Por lo tanto hay un buen precedente para esta práctica. Como no conocemos los detalles de cómo actúa Dios con los niños e infantes no bautizados, es aconsejable que los cristianos bauticen a sus hijos.

Los teólogos luteranos son conscientes de que se les ha acusado de que hay incoherencia entre su práctica del bautismo de niños y su insistencia en la justificación sólo por la fe. Normalmente tratan este dilema aparente de dos maneras. Una es sugerir que los niños que son bautizados pueden poseer una fe inconsciente. La fe, mantienen, no necesariamente requiere poder de razonamiento o conciencia. Lutero observó que la fe no cesa cuando uno está dormido, preocupado o realizando un trabajo que exige mucho esfuerzo. Jesús enseña que los niños pueden tener una fe implícita. Evidencias las encontramos en Mateo 18:6 (“alguno de estos pequeños que creen en mí”); 19:14; Marcos 10:14 y Lucas 18:16-17. Otra prueba es la profecía de que Juan el Bautista “será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre” (Lc. 1:15). Finalmente tenemos las palabras de Juan: “Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre” (1 Jn. 2:13).8 La otra manera de tratar la aparente incoherencia es mantener que es la fe de los padres la que está presente cuando el niño es bautizado. Incluso algunos dirían que la iglesia ejerce la fe en nombre del niño. El bautismo de niños, por lo tanto, se apoya en una fe vicaria.

En el catolicismo romano este dilema no se presenta. Porque de acuerdo con la doctrina católica, el bautismo tiene efecto ex opere operato. La fe realmente no es necesaria. El único requisito es que alguien presente al niño y que el sacerdote administre el sacramento adecuadamente.

Desde el punto de vista luterano el modo del bautismo no tiene gran importancia. Por supuesto tiene que haber agua, pero es el único factor importante. En realidad, el significado principal de la palabra 'baptizōes “sumergir,” pero tiene otros significados. En consecuencia, no estamos seguros de qué métodos se utilizaban en los tiempos bíblicos, o si incluso había o no un único método. Como no hay un simbolismo esencial indispensable en el modo, el bautismo no está atado a una forma concreta.

 

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