Culpa

Otro resultado de nuestros pecados que afecta a nuestra relación con Dios es la culpa. Esta palabra necesita ser explicada cuidadosamente, porque en el mundo actual el significado normal del término es sentimiento de culpa, o el aspecto subjetivo de la culpa. Estos sentimientos a menudo se consideran irracionales, y desde luego a veces lo son. Esto es, una persona puede que no haya hecho nada objetivamente equivocado como para merecer castigo, pero no obstante puede tener estos sentimientos. Sin embargo, a lo que nos estamos refiriendo aquí es al estado objetivo de haber violado la intención que Dios tenía para nosotros y por lo tanto ser merecedores de castigo. Es este aspecto de la culpabilidad el que merece una atención especial.

Para clarificar lo que queremos decir con “culpa,” sería útil comentar brevemente dos palabras que pueden aparecer en una definición de pecado: “malo” y “equivocado.” Por una parte, podemos definir el pecado como lo que es intrínsecamente malo en lugar de bueno. Es impuro, repulsivo, odiado por Dios simplemente porque es lo contrario a lo bueno. Sin embargo, aquí tenemos un problema ya que la palabra tiene muchos significados; por ejemplo puede significar “defectuoso, inadecuado, insuficiente.” Se puede pensar en un equipo de atletismo malo o en un mal trabajador cuando es inepto o no es productivo, pero no tiene por qué ser moralmente equivocado. Y así la frase de que el pecado es malo se puede entender sólo desde un punto de vista estético: el pecado es una acción fea, torcida, estropeada que menosprecie el estándar de perfección que Dios pretende.

Por otra parte, no obstante, podemos definir pecado como algo que no sólo es malo, sino que también es erróneo. En el primer caso, se podía pensar en el pecado como una enfermedad mental a la que teme la gente sana. Pero en el segundo caso, pensamos en el pecado no sólo como una falta de integridad o de perfección, sino como algo moralmente equivocado, como una violación deliberada de los mandamientos de Dios, que por lo tanto merecen castigo. Esta es una manera de considerar el pecado en términos jurídicos no estéticos. En el primer punto de vista, se piensa en lo bueno como bello, armonioso, adorable, deseable y atractivo, mientras que se considera lo malo como inarmónico, turbulento, feo y repulsivo. En el segundo punto de vista, se enfatiza la ley. Lo correcto es lo que es conforme a lo estipulado por la ley y lo incorrecto es lo que se separa de alguna manera de ese estándar. Por lo tanto merece ser castigado.

Esta distinción se puede ilustrar de otras maneras. Se podría pensar en un coche difícil de conducir e ineficaz, que gasta demasiada gasolina o que está muy estropeado y es un horror. Un coche así supondría un reto para la paciencia de su propietario y provocaría sentimientos de disgusto, pero mientras las luces, los indicadores y otras características funcionaran adecuadamente, las emisiones de gases estuvieran dentro de los límites permitidos por la ley y tuviera al día la licencia y el seguro, no habría nada ilegal en ese vehículo. No se le podría poner una multa al conductor por conducirlo, ya que no está infringiendo ninguna ley de tráfico. Sin embargo, si el coche emite demasiados gases contaminantes, o algunos de los dispositivos de seguridad no funcionan, se está infringiendo la ley y se puede imponer merecidamente una multa. Ahora, cuando hablamos de culpa, queremos decir que el pecador, como el coche que no satisface las regulaciones de seguridad, ha infringido la ley y, por lo tanto, merece ser castigado.

En este punto debemos fijarnos en la naturaleza precisa de la interrupción que el pecado y la culpa producen en la relación entre Dios y el hombre. Dios es todopoderoso y eterno, la única realidad independiente y no contingente. Todo lo que existe deriva su existencia de él. Y el humano, la más alta de todas las criaturas, tiene el don de la vida y de ser persona sólo gracias a la bondad y la gracia de Dios. Como señor, Dios ha puesto a los hombres a cargo de la creación y les ha ordenado que la gobiernen (Gn. 1:28). Ellos son los mayordomos señalados del reino de Dios o del viñedo, con todas las oportunidades y privilegios que esto conlleva. Como el todopoderoso y santo, Dios nos ha pedido nuestra alabanza y obediencia a cambio de sus dones. Pero no hemos sido capaces de cumplir las órdenes de Dios. Se nos confió la riqueza de la creación y nosotros la hemos utilizado para nuestros propósitos, como malversadores de fondos. Además como ciudadanos que tratan de forma despectiva a un monarca o a un gobernante electo, a un héroe o a una persona que ha conseguido grandes logros, no hemos sido capaces de tratar con respeto al más alto de todos los seres. Es más, nos mostramos ingratos ante todo lo que Dios nos ha dado y hecho por nosotros (Ro. 1:21). Y finalmente, hemos despreciado la oferta de amistad y amor de Dios, y en el caso más extremo, la salvación conseguida a través de la muerte del propio Hijo de Dios. Estas ofensas son más grandes por ser Dios quien es: el Creador todopoderoso, que está infinitamente por encima de nosotros. Sin tener ninguna obligación nos dio la vida. Por eso tiene un derecho absoluto sobre nosotros. Y el estándar de comportamiento que él espera de nosotros es su propia perfección santa. Como el mismo Jesús dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48).

Debemos pensar en el pecado y la culpa en forma de categorías metafísicas si queremos tener un concepto de su inmenso efecto en nuestra relación con Dios y de hecho en todo el universo. Dios es el ser más grande y nosotros somos sus criaturas. No ser capaces de cumplir con sus expectativas trastoca toda la economía del universo. Cada vez que la criatura priva al Creador de lo que es realmente suyo, el equilibrio se rompe, ya que no se venera y obedece a Dios. Si un error, una perturbación de ese tipo no se corrigiera, Dios dejaría en la práctica de ser Dios. Por lo tanto, el pecado y el pecador merecen e incluso necesitan ser castigados.

 

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