Principios básicos de la doctrina de las dos naturalezas en una persona

En los apartados anteriores, hemos repasado varios intentos de resolver el difícil problema cristológico de las dos naturalezas en una sola persona y hemos notado que hay deficiencias en cada uno de ellos. Por tanto, debemos presentar una alternativa. ¿Cuáles son los principios esenciales de la doctrina de la encarnación, y cómo hay que entenderlos? Varios puntos cruciales nos ayudarán a entender este gran misterio:

1. La encarnación fue más una aportación de los atributos humanos que una pérdida de atributos divinos. Filipenses 2:6-7 a menudo se entiende que significa que Jesús se despojó de algunos de sus atributos divinos, quizá incluso de su misma deidad. Según esta interpretación, se hizo humano convirtiéndose en algo menos que Dios. Prescindió de parte de su divinidad y la reemplazó por cualidades humanas. La encarnación, por tanto, es más una resta de su divina naturaleza que una suma.

Sin embargo, según nuestra interpretación de Filipenses 2:6-7, de lo que Jesús se despojó no fue de la divina naturaleza de Dios. En ningún momento este pasaje dice que haya dejado de poseer esa divina naturaleza. Esto queda más claro cuando tomamos en cuenta Colosenses 2:9: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad.” La kenosis de Filipenses 2:7 debe entenderse a la luz de la pleroma de Colosenses 2:9. ¿Qué significa, entonces, decir que Jesús “se despojó a sí mismo”? Algunos han sugerido que vació su divinidad en su humanidad como cuando se pasa el contenido de una copa a otra. Sin embargo, esto no identifica el recipiente desde el cual Jesús vierte su divina naturaleza cuando la vació en su humanidad.

Un mejor acercamiento a Filipenses 2:6-7 es pensar en la frase “tomó la forma de siervo” como una explicación circunstancial de kenosis. Como 'labōnes un participio aoristo en función adverbial, traduciríamos la primera parte del verso 7, “se despojó a sí mismo al tomar la forma de un siervo.” La frase participial es una explicación de cómo Jesús se despojó a sí mismo, o lo que hizo que constituyera kenosis. Aunque el texto no especifica de que se despojó, es de resaltar que “la forma de siervo” contrasta fuertemente con “el ser igual a Dios” (v. 6). Concluimos que es de la igualdad con Dios, no de la forma de Dios de lo que Jesús se despojó. Aunque no dejó de ser en naturaleza lo que era el Padre, funcionalmente quedó subordinado al Padre durante el periodo de la encarnación. Jesús hizo esto con el propósito de revelar a Dios y redimir a la humanidad. Tomando la naturaleza humana, aceptó ciertas limitaciones en el funcionamiento de sus atributos divinos. Estas limitaciones no fueron el resultado de una pérdida de atributos divinos, sino de la suma de atributos humanos.

2. La unión de las dos naturalezas significa que no funcionan de forma independiente. Jesús no ejercitó su deidad unas veces y otras veces su humanidad. Sus acciones siempre eran de divinidad-humanidad. Esta es la clave para entender las limitaciones funcionales de la humanidad impuestas sobre la divinidad. Por ejemplo, seguía teniendo el poder de estar en todas partes (omnipresencia). Sin embargo, como un ser encarnado, se encontraba limitado en el uso de este poder por la posesión de un cuerpo humano. De forma similar, él seguía siendo omnisciente, pero poseía y ejercitaba esto en conexión con un organismo humano que creció gradualmente en concienciación, ya sea del entorno natural o de las verdades eternas. Por tanto, sólo gradualmente su psique humana limitada se dio cuenta de quién era y de lo que tenía que hacer. No obstante, esto no se debería considerar una reducción del poder y las capacidades de la Segunda Persona de la Trinidad, sino una limitación inducida por las circunstancias en el ejercicio de su poder y capacidades.

Imagínese la siguiente analogía. El velocista más rápido del mundo participa en una carrera de tres piernas, en la que debe correr con una de sus piernas atada a la pierna de un compañero. Aunque su capacidad física no ha disminuido, la condición bajo la que actúa está seriamente limitada. Incluso aunque su compañero sea el segundo velocista más rápido del mundo, su carrera será mucho más lenta que si compitieran por separado; incluso serían más lentos que casi cualquier otra persona que corriese sin ir atado. O piense en el mejor boxeador del mundo que está luchando con una mano atada a la espalda. O en un partido de beisball en el que los padres, que están compitiendo con sus hijos, cambian la mano con la que normalmente cogen el bate (por ejemplo los diestros batean con la izquierda y los zurdos batean con la derecha). En cada uno de estos casos, la habilidad no queda disminuida en esencia, pero las condiciones impuestas al ejercitarla limitan el rendimiento.

Esta es la situación de la encarnación de Cristo. Al igual que el corredor o el boxeador se podían desprender de su atadura, pero escogieron abstenerse de hacerlo mientras duraba el evento, así la encarnación de Cristo supuso una limitación voluntaria escogida por él mismo. No tenía que tomar forma humana, pero decidió hacerlo durante el periodo de la encarnación. Durante ese tiempo su deidad siempre funcionó en conexión con su humanidad.

3. Al pensar en la encarnación, debemos empezar no con los conceptos tradicionales de humanidad y deidad, sino reconociendo que los dos se conocen mejor en Jesucristo. A veces enfocamos la encarnación con la presuposición de que es virtualmente imposible. Sabemos lo que la humanidad es y lo que es la deidad, y desde luego, por definición, son incompatibles. Son, respectivamente, lo finito y lo infinito. Pero esto es empezar por mal sitio con un concepto de la humanidad extraído de nuestro conocimiento de la humanidad existencial y no de la humanidad esencial. Nuestra forma de entender la naturaleza humana se ha formado mediante una investigación inductiva que hemos hecho de nosotros y de otros humanos tal como los conocemos. Pero ninguno de nosotros es humanidad tal y como Dios pretendía que fuese o tal como salió de sus manos. La humanidad se estropeó y se corrompió con el pecado de Adán y Eva. En consecuencia, no somos verdaderos seres humanos, sino debilitados y quebrados vestigios de la humanidad esencial, y es difícil imaginar esta clase de humanidad unida a la deidad. Pero cuando decimos que en la encarnación Jesús tomó forma humana, no estamos hablando de esta clase de humanidad. Porque la humanidad de Jesús no era la de los seres humanos pecadores, sino la que poseían Adán y Eva desde su creación y antes de la caída. La cuestión, por tanto, no es si Jesús era totalmente humano, sino si nosotros lo somos. No era sólo igual de humano que nosotros; era más humano que nosotros. Tenía, espiritualmente, el tipo de humanidad que nosotros tendremos cuando seamos glorificados. Su humanidad desde luego era más compatible con la deidad que el tipo de humanidad que nosotros conocemos ahora. Deberíamos definir la humanidad, no integrando nuestras observaciones empíricas presentes, sino examinando la naturaleza humana de Jesús, porque él es el que mejor refleja la verdadera naturaleza de la humanidad.

Jesucristo también es nuestra mejor fuente de conocimiento de la deidad. Asumimos que sabemos cómo es realmente Dios. Pero es en Jesús donde mejor se nos revela cómo es Dios y mejor se da a conocer. Como dijo Juan: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer” (Jn. 1:18). Por tanto, nuestra imagen de cómo es la deidad proviene principalmente de la revelación de Dios en Jesucristo.

A veces enfocamos la encarnación de manera equivocada. Definimos deidad y humanidad de forma abstracta y decimos: “Es imposible que puedan encajar.” Asumimos que la naturaleza divina simplemente no puede ir unida a la naturaleza humana, pero esa suposición está basada en el concepto griego de la impasibilidad de la deidad y no en la Biblia. Sin embargo, si empezamos con la realidad de la encarnación de Jesucristo, no sólo vemos mejor cómo son las dos naturalezas, sino que reconocemos que sean como sean, no son incompatibles, porque una vez coexistieron en una única persona. Y lo que ha sucedido por supuesto es posible.

En conexión con la posibilidad de la unidad entre deidad y humanidad, necesitamos tener en cuenta la imagen distintiva de la humanidad que se ofrece en la Biblia. Como imagen de Dios, el hombre ya es la criatura que más se parece a Dios. La suposición de que los humanos son tan diferentes a Dios que ambos no pueden coexistir en una sola persona probablemente se basa en otro modelo de naturaleza humana. Puede resultar de pensar en el humano básicamente como en un animal que ha evolucionado desde formas más inferiores de vida. Sin embargo, sabemos por la Biblia que Dios escogió encarnarse en una criatura que se parecía mucho a él. Es posible que parte del propósito de Dios al hacer a la humanidad a su semejanza fuera facilitar la encarnación que tendría lugar algún día.

4. Es importante pensar en la iniciativa de la encarnación como algo que, por así decirlo, viene de arriba y no de abajo. Parte de nuestro problema para entender la encarnación puede proceder del hecho de que la vemos desde una perspectiva humana. Desde este punto de vista, la encarnación parece muy improbable, quizá incluso imposible. La dificultad se encuentra en que en realidad nos estamos preguntando a nosotros mismos cómo un ser humano puede llegar a ser Dios, como si fuera posible para un ser humano convertirse en Dios o de alguna manera añadir deidad a su humanidad. Somos plenamente conscientes de nuestras limitaciones, y sabemos lo difícil e incluso imposible que sería ir más allá de ellas, en particular hasta el punto de convertirnos en Dios. Sin embargo, para Dios, ser humano (o para ser más correctos, añadir humanidad a su deidad) no es imposible. Es ilimitado y por lo tanto capaz de condescender a lo inferior, mientras que lo inferior no puede ascender a lo superior o a lo más alto. (Para nosotros como seres humanos es posible hacer cosas que hace un gato o un perro; por ejemplo, imitar su sonido o comportamiento. Desde luego que no tomamos realmente su forma canina o felina, y que tenemos ciertas limitaciones, como un menos acertado sentido de la visión o del olfato; pero es mucho más fácil para nosotros imitar a los animales que para ellos imitar el comportamiento humano). El hecho de que un hombre no ascendiera a la divinidad, ni Dios elevara a un hombre a la divinidad, sino que más bien Dios condescendiera a tomar forma humana, facilita nuestra habilidad para concebir la encarnación y excluye eficazmente el adopcionismo. Será útil tener en mente aquí que la Segunda Persona de la Trinidad es anterior al Jesús de Nazaret terrenal. De hecho, no existió ese Jesús de Nazaret terrenal hasta el momento en que fue concebido en el vientre de la virgen María.

5. También es útil pensar en Jesús como en una persona muy compleja. Conocemos personas que tienen personalidades sencillas. Se les llega a conocer con bastante rapidez, y suelen ser bastante predecibles. Otras personas tienen personalidades mucho más complejas. Pueden tener una mayor experiencia, más educación, o una estructura emocional más compleja. Cuando creemos que los conocemos bien, surge otra faceta de su personalidad de la que desconocíamos previamente su existencia. Ahora si imaginamos la complejidad extendida hasta un grado infinito, tendremos una pequeña idea de la “personalidad de Jesús,” por así decirlo, de sus dos naturalezas en una persona. Porque la personalidad de Jesús incluía las cualidades y atributos que constituyen la deidad. Había dentro de su persona dimensiones de experiencia, conocimiento y amor que no se encuentran en los seres humanos. Está claro que aquí hay un problema, porque estas cualidades difieren de las humanas no sólo en grado, sino también en clase. Esto nos sirve para recordar que la persona de Jesús no era únicamente una amalgama de cualidades divinas y humanas mezcladas en una especie de tertium quid. Mas bien era una personalidad que además de las características de la naturaleza divina tenía también todas las cualidades o atributos de la naturaleza humana perfecta y sin pecado.

Hemos señalado varias dimensiones de verdad bíblica que nos ayudarán a entender la encarnación. A veces se ha dicho que sólo hay siete chistes básicos y que cada chiste es únicamente una variación de uno de ellos. Se puede decir lo mismo sobre las herejías en torno a la persona de Cristo. Hay básicamente seis, las cuales aparecen todas en los cuatro primeros siglos del cristianismo. O deniegan lo genuino de la deidad de Jesús (Ebionismo) o de su plenitud (Arrianismo); o niegan lo genuino de la humanidad de Jesús (Docetismo) o su plenitud (Apolinarismo); dividen su persona (Nestorianismo), o confunden sus naturalezas (Eutiquianismo). Todas las desviaciones de la doctrina ortodoxa de la persona de Cristo son simples variantes de una de estas herejías. Aunque podamos tener dificultades para especificar exactamente el contenido de esta doctrina, la completa fidelidad a las Escrituras evitará cuidadosamente todas estas distorsiones.

 

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