La enseñanza de la intensidad del pecado en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento incluso es más claro y más enfático en este asunto. Jesús habló de la disposición interna como mal. No es suficiente no matar; el que se enfada con un hermano está expuesto a ser juzgado (Mt. 5:21-22). No es suficiente con abstenerse para no cometer adulterio. Si un hombre codicia a una mujer, en su corazón ya ha cometido adulterio con ella (Mt. 5:27-28). Jesús incluso lo expone de forma más severa en Mateo 12:33-35, donde las acciones se consideran como salidas del corazón: “Si el árbol es bueno, su fruto es bueno; si el árbol es malo, su fruto es malo, porque por el fruto se conoce el árbol. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?, porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas, y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.” Lucas deja claro que el fruto producido refleja la naturaleza misma del árbol, o de la persona: los buenos árboles no dan mala fruta, los árboles malos no dan buena fruta (Lc. 6:43-45). Nuestras acciones son lo que son porque nosotros somos lo que somos. No puede ser de otra manera. Las malas acciones y las malas palabras surgen de los malos pensamientos del corazón: “Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre, porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt. 15:18-19).

El propio testimonio de Pablo también es un poderoso argumento de que es la corrupción de la naturaleza humana la que produce los pecados individuales. Él recuerda que: “mientras vivíamos en la carne, las pasiones pecaminosas, estimuladas por la Ley, obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte” (Ro. 7:5). Ve “otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (v. 23). En Gálatas 5:17 escribe que los deseos de la carne están en contra del Espíritu. La palabra aquí es 'epithumeō', que se puede referir tanto a un deseo neutral como a un deseo inadecuado. Hay muchas “obras de la carne”: “adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes” (vv. 19-21). En el pensamiento de Pablo, por lo tanto, al igual que en el de Jesús, los pecados son el resultado de la naturaleza humana. En todos los seres humanos hay una fuerte inclinación al mal, una inclinación con efectos definidos.

El adjetivo total a menudo va unido a la idea de depravación. Esta idea deriva de algunos de los textos que ya hemos examinado. Al principio de la Biblia leemos: “Vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos de su corazón solo era de continuo el mal” (Gn. 6:5). Pablo describe a los gentiles: “teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón. Estos, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron al libertinaje para cometer con avidez toda clase de impureza” (Ef. 4:18-19). Sus descripciones de los pecadores en Romanos 1:18-32 y Tito 1:15, así como de la gente de los últimos días en 2 Timoteo 3:2-5, se centra en su corrupción, insensibilidad y desesperada maldad. Pero la expresión “depravación total” debe utilizarse con mucho cuidado. Ya que a veces se ha interpretado que expresa una manera de entender la naturaleza humana que nuestra experiencia desmiente.

Con depravación total no queremos decir que la persona no regenerada sea totalmente insensible en temas de conciencia, de lo que está bien y está mal. Porque Pablo en Romanos 2:15 dice que los gentiles tenían la ley escrita en sus corazones: “dando testimonio su conciencia y acusándolos o defendiéndolos sus razonamientos.”

Además, la depravación total no significa que la persona pecadora sea lo más pecaminosa posible. Nadie hace continuamente el mal y de la forma más malvada posible. Hay personas no regeneradas que son genuinamente altruistas, que muestran amabilidad, generosidad y amor hacia otros, que son buenos y dedicados esposos y padres. Algunas personas totalmente seculares se han implicado en actos de heroísmo por su país. Estas acciones, mientras estén en conformidad con la voluntad y la ley de Dios complacen a Dios. Pero de ninguna manera resultan meritorias. No califican a la persona para la salvación, ni contribuyen a ella de forma alguna.

Finalmente, la doctrina de la depravación total no significa que el pecador se implique en todo tipo de pecados. Porque la virtud a menudo, como señaló Aristóteles, está en un punto medio de dos extremos, cualquiera de los cuales son vicios, la presencia de un vicio en algunos casos automáticamente excluiría al otro.

¿Qué queremos decir, positivamente, con la idea de depravación total? Primero, el pecado es un asunto de la persona en su conjunto. La sede del pecado no es un aspecto de la persona, como el cuerpo o la razón. Desde luego varias referencias dejan claro que el cuerpo se ve afectado (por ejemplo Ro. 6:6, 12; 7:24; 8:10, 13). Otros versículos nos dicen que la mente o el cuerpo están implicados (como Ro. 1:21; 2 Co. 3:14-15; 4:4). Que las emociones también están implicadas se ve atestiguado ampliamente (Ro. 1:26-27; Gá. 5:24 y 2 Ti. 3:2-4, donde los impíos se describen como amadores de sí mismos y de los deleites más que de Dios). Finalmente, es evidente que la voluntad también se ve afectada. La persona no regenerada no tiene un auténtico libre albedrío, sino que es esclavo del pecado. Pablo describe de forma cruda a los romanos diciendo que una vez fueron “esclavos del pecado” (6:17). Le preocupa que los enemigos del siervo del Señor “se arrepientan para conocer la verdad...y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Ti. 2:25-26).

Además, la depravación total significa que incluso el altruismo de las personas no regeneradas siempre contiene un elemento de motivación inadecuada. Los buenos actos no se hacen total e incluso principalmente por el perfecto amor de Dios. En cada caso hay otro factor, ya sea la preferencia del propio interés o de otro objeto que no es Dios. Por lo tanto, aunque puede parecer que sea un comportamiento bueno y deseable y podemos sentirnos inclinados a creer que no es pecaminoso en forma alguna, incluso la bondad está manchada. Los fariseos que tan a menudo hablaban con Jesús hacían muchas cosas buenas (Mt. 23:23), pero no sentían verdadero amor por Dios. Así que él les dijo: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida. Gloria de los hombres no recibo. Pero yo os conozco, que no tenéis el amor de Dios en vosotros” (Jn. 5:39-42).

A menudo el pecado se cubre con una suave capa de encanto y gracia. No obstante, como indica la doctrina de la depravación total, bajo esa apariencia hay un corazón que no está realmente inclinado hacia Dios. Langdon Gilkey cuenta cómo descubrió esta verdad en un campo de prisioneros japonés. Había sido educado en círculos cultos. Su padre fue decano de la Capilla Rockefeller en la Universidad de Chicago, y Langdon asistió a la Universidad de Yale. Había conocido a gente atenta y generosa. Pero cuando estuvo en el campo de prisioneros con mucha gente del mismo tipo, vio una parte distinta de la naturaleza humana. Allí, con escasez de todo, el egoísmo, que es natural en los seres humanos, se manifestaba a veces de forma espectacular. El espacio era muy limitado, así que se hicieron distribuciones definidas, lo más equitativas posibles para todos. Gilkey estaba a cargo de la asignación de alojamientos. Algunas personas ofrecían elaboradas explicaciones de por qué ellos debían tener más espacio que otras. Algunos movían sus camas un centímetro cada noche para conseguir un poco más de espacio. Entre los infractores se encontraban incluso algunos misioneros cristianos. En un pasaje conmovedor cuenta el descubrimiento de algo así como el pecado original. Es un vívido recordatorio de que lo que sucede en situaciones límite puede resultar una mejor indicación de la verdadera condición del corazón humano que las circunstancias normales de la vida.

"Tales experiencias con la tozudez normal de los hombres me estimulaban de forma natural a pensar mucho en los escasos momentos que estaba a solas. Mis ideas sobre cómo era la gente y qué motivaba sus acciones sufrieron una revisión radical. La gente por lo general –y sé que no podía excluirme yo mismo– parecía ser mucho menos racional y mucho más egoísta de lo que yo había creído nunca, no era la ‘buena gente’ que yo siempre había supuesto que eran. No decidían hacer las cosas porque era razonable y moral actuar de esa manera, sino porque servía mejor a sus intereses. Después encontraban razones morales y racionales para lo que ya estaban decididos a hacer".

Los humanos aquí no están muy por encima del nivel de los animales, que luchan entre ellos por comida incluso aunque haya suficiente para todos. Cuando la sociedad funciona con normalidad, la humanidad no parece ser tan triste; lo que olvidamos es que las fuerzas de seguridad que nos obligan a cumplir la ley sirven como fuerza disuasoria. Pero cuando se produce un gran apagón en el país y la policía no puede realizar su trabajo con normalidad, el delito se abre paso libremente en grandes proporciones. Por tanto, no deberíamos asumir demasiado rápido que la bondad relativa de los seres humanos en circunstancias normales refuta la idea del pecado original. Esta bondad puede que esté motivada por el temor a la detención y al castigo.

Consideraciones similares se pueden hacer del extraño problema de “Don Agradable,” el encantador, atento, útil, generoso no cristiano. A veces resulta difícil pensar que este tipo de persona pueda ser pecadora y que necesite regeneración. ¿Cómo una persona así puede ser un pecador desesperadamente malvado, orgulloso y rebelde? Según la doctrina correcta de la depravación total, el pecado no se define por lo que otros seres humanos puedan creer que es desagradable. Es más bien, un fracaso a la hora de amar, honrar y servir a Dios. Por lo tanto incluso la persona más encantadora y agradable necesita el evangelio de la nueva vida, tanto como cualquier persona detestable, grosera y desconsiderada.

Finalmente, la depravación total significa que los pecadores son completamente incapaces de salir de su condición pecadora. Además de que los buenos actos que hacen están mancillados por algo menos que el amor por Dios, no se pueden mantener de forma continuada las acciones buenas y lícitas. El pecador no puede alterar su vida mediante un proceso de determinación, voluntad y reforma. El pecado es ineludible. Este hecho queda reflejado en las frecuentes referencias que las Escrituras hacen a los pecadores como “espiritualmente muertos.” Pablo escribe: “cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo...[Dios] aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef. 2:1-2,5). La misma expresión se encuentra en Colosenses 2:13. El escritor de Hebreos habla de “obras muertas” (He. 6:1; 9:14). Estas expresiones no significan que los pecadores sean totalmente insensibles a los estímulos espirituales, sino más bien que son incapaces de hacer lo que deberían. Las personas no regeneradas son incapaces de hacer obras genuinamente buenas y redentoras; todo lo que hacen está muerto o es ineficaz en relación con Dios. La salvación por obras es totalmente imposible (Ef. 2:8-9).

Todo el que ha intentado vivir una vida perfecta por sus propios medios ha descubierto lo que dice aquí Pablo. Tales esfuerzos al final acaban, como mínimo, en frustración. Un profesor de seminario ha descrito su intento personal. Hizo una lista de treinta características de la vida cristiana. Después asignó cada una de ellas a un día diferente del mes. El primer día, trabajó mucho en el primer atributo. Con gran concentración, trató de cumplir con su objetivo todo el día. El segundo día del mes, cambió a la segunda área, y se hizo dueño de la situación. Después pasó a la tercera área, y sucesivamente dominó cada una de ellas, hasta el último día realizó perfectamente la característica que se había asignado. Pero justo cuando estaba regocijándose de su victoria, miró hacia atrás al objetivo del primer día para ver qué tal lo estaba haciendo. Con gran desilusión se dio cuenta de que había perdido completamente de vista el objetivo del primer día y del segundo, el tercero y el cuarto días. Mientras se concentraba en otras áreas, sus anteriores fracasos y fallos simplemente habían vuelto a aparecer. La experiencia del profesor es un estudio empírico de lo que nos enseña la Biblia: “No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Sal. 14:3b; 53:3b; Ro. 3:12). La Biblia también da la razón para esto: “A una se han corrompido” (Sal. 14:3a; 53:3a). Somos totalmente incapaces de hacer suficientes obras genuinamente meritorias para conseguir el favor de Dios.

 

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