Un modelo bíblico y contemporáneo del pecado original

El pasaje clave para la construcción de un modelo bíblico y contemporáneo sobre el pecado original es Romanos 5:12-19. Pablo está argumentando que la muerte es la consecuencia del pecado. El versículo 12 es particularmente determinante: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” Cualquiera que sea el significado exacto de estas palabras, Pablo desde luego está diciendo que la muerte tiene origen en la raza humana debido al pecado de Adán. También está diciendo que la muerte es universal y que la causa de esto es el pecado universal de la humanidad. Sin embargo, más tarde dice que la causa de la muerte de todos es el pecado de un solo hombre, Adán: “por la transgresión de aquel uno muchos murieron” (v. 15); “por la transgresión de uno solo reinó la muerte” (v. 17). El problema está en cómo relacionar las declaraciones de que la universalidad de la muerte llegó a través del pecado de Adán y la de que llegó a través del pecado de todos los seres humanos.

Agustín entendió que 'eph hō', “por cuanto”, significaba “en el cual” ya que el latín tradujo mal el griego en este punto. De esa manera, su forma de entender la frase final en el versículo 12 era que nosotros estábamos “en Adán,” y que por lo tanto el pecado de Adán también era nuestro. Pero como su interpretación se basa en una traducción inadecuada, debemos investigar la frase con más cuidado. En particular, debemos preguntar qué significa “todos pecaron.”

Se ha sugerido que en la frase final del versículo 12 Pablo está hablando del pecado personal de todos. Todos nosotros pecamos individualmente y por lo tanto contraemos con nuestra propia acción la misma culpa personal que Adán contrajo con su acción. La frase se podría pues traducir: “de esta manera la muerte entró en todos los hombres, porque todos pecaron.” De acuerdo con el principio de que somos responsables de nuestras propias acciones y sólo de ellas, el significado sería que todos morimos porque todos somos culpables, y todos somos culpables porque cada uno de nosotros ha pecado por sí mismo.

Hay varios problemas con esta interpretación. Uno es la traducción de 'hēmarton'. Si esta interpretación fuera correcta, la palabra se escribiría adecuadamente ('hamartanousin'), el presente que denota que algo está sucediendo de forma continuada. Además, el pecado al que se refiere “todos pecaron” sería diferente del de “el pecado entró en el mundo por un hombre,” y del de los versículos 15 y 17. Y, además, las dos últimas frases todavía tendrían que ser explicadas.

Hay otra manera de entender la frase final del versículo 12, una manera de evitar estos problemas y sacar algún sentido de los versículos 15 y 17. El verbo 'hēmarton' es un aoristo simple. Este tiempo suele hacer referencia a una única acción pasada. Si Pablo hubiera intentado referirse a un proceso continuado de pecado, habría tenido a su disposición los tiempos presente e imperfecto. Pero escogió el aoristo, y esto debería tomarse por su valor literal. En realidad, si consideramos que el pecado de todos los seres humanos y el de Adán son el mismo, los problemas que hemos señalado se hacen bastante menos complejos. Por tanto no hay conflicto entre el versículo 12 y los versículos 15 y 17. Además, el problema potencial que presenta el versículo 14, donde leemos que “reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán,” queda resuelto, porque no es la imitación o repetición del pecado de Adán, sino la participación en él lo que cuenta.

La frase final en el versículo 12 nos dice que de alguna manera estábamos implicados en el pecado de Adán; en cierto sentido también era nuestro pecado. Pero ¿qué se quiere decir con esto? Por una parte, se puede entender en términos de cabeza federal: Adán actuó en nombre de todas las personas. Había una especie de contrato entre Dios y Adán como representante nuestro, así que lo que Adán hizo nos implica. Sin embargo, nuestra implicación en el pecado de Adán se podría entender mejor según la cabeza natural. En secciones anteriores argumentamos a favor de una creación especial de toda la naturaleza humana. Además argumentamos a favor de una conexión cercana (“unidad condicional”) entre los aspectos materiales e inmateriales de la naturaleza humana. También examinamos varios indicios bíblicos de que Dios consideraba persona incluso al feto. Estas y otras consideraciones apoyan la posición de que toda la naturaleza humana, tanto la física como la espiritual, la material como la inmaterial, la hemos recibido de nuestros padres y de nuestros ancestros más antiguos por medio de la descendencia de la primera pareja humana. Partiendo de esta base, nosotros ya estábamos realmente presentes en Adán, así que todos pecamos en su acto. No es injusta, pues, nuestra condena y muerte como resultado del pecado original.

Sin embargo, aquí hay otro problema adicional: la condición de los bebés y los niños. Si el razonamiento anterior es correcto, entonces todos empiezan la vida con una naturaleza corrupta y con una culpa que es consecuencia del pecado. ¿Significa esto que si los pequeños mueren antes de tomar una decisión consciente de recibir “la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (v. 17), están perdidos y condenados a la muerte eterna?

Aunque el estatus de los niños y de los que nunca alcanzan competencia moral es una cuestión difícil, parece que nuestro Señor no les considera bajo condena. Es más, los pone como ejemplo del tipo de persona que heredará el reino de Dios (Mt. 18:3; 19:14). David tenía confianza en volver a ver a su hijo que había muerto (2 S. 12:23). Según estas consideraciones, es difícil mantener que se piense que los niños son pecadores y que estén condenados y perdidos.

Sin embargo, esta idea no se basa sólo en un impulso sentimental. Hay varias indicaciones en las Escrituras de que las personas no son moralmente responsables hasta cierto momento, que a menudo se denomina “la edad de la responsabilidad.” En Deuteronomio 1:39, Moisés dice: “Y vuestros niños, de los cuales dijisteis que servirían de botín, y vuestros hijos, que no saben hoy lo bueno ni lo malo, ellos entrarán allá; a ellos la daré y ellos la heredarán.” Incluso con la idea hebrea de la personalidad y responsabilidad corporativas, estos niños no eran considerados responsables por los pecados de Israel. En la profecía mesiánica de Isaías 7 hay dos referencias al tiempo en que el niño “sepa desechar lo malo y escoger lo bueno” (vv. 15, 16). Finalmente, Jonás cita a Dios cuando dice: “¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?”(4:11). Aunque esto es menos claro, por el contexto parece que la referencia es a la habilidad de distinguir moralmente. Bajo estas declaraciones subyace el hecho aparente de que hasta un momento concreto en la vida no existe una responsabilidad moral, porque no hay conciencia de lo que está bien y lo que está mal.

Para resumir los puntos principales de la doctrina que hemos perfilado: hemos argumentado que la Biblia, en particular en los escritos de Pablo, mantiene que por el pecado de Adán todas las personas reciben una naturaleza corrupta y también son culpables a los ojos de Dios. Además, hemos expuesto el punto de vista de Agustín (la cabeza natural) de la imputación del pecado original. Todos estábamos presentes de forma indiferenciada en la persona de Adán, que junto con Eva era toda la raza humana. Por lo tanto, no pecó únicamente Adán, sino toda la raza humana. Todos estábamos implicados, aunque no de forma personal y somos responsables del pecado. Además, hemos argumentado que la enseñanza bíblica dice que los niños no son condenados por Dios por este pecado, al menos hasta que alcancen la edad de la responsabilidad en los asuntos morales y espirituales. Ahora debemos preguntar si la doctrina del pecado original se puede concebir y expresar de tal manera que haga justicia a todos estos factores.

El paralelismo que extrae Pablo en Romanos 5 entre Adán y Cristo en lo referente a su relación con nosotros es impresionante. Asegura que de forma paralela lo que cada uno de ellos hizo tuvo influencia en nosotros (así como el pecado de Adán conduce a la muerte, el acto recto de Cristo conduce a la vida). ¿Cuál es el paralelismo? Si, como puede que nos inclinamos a pensar, la condena y la culpa de Adán se nos imputan sin que haya habido por nuestra parte ninguna elección consciente de este acto, lo mismo se podría pensar de la obra justa y redentora de Cristo. Pero ¿su muerte nos justifica simplemente en virtud de su identificación con la humanidad mediante la encarnación y con independencia de si hacemos o no una aceptación consciente y personal de su obra? ¿Y a todos los humanos se les imputa de igual manera la gracia de Cristo, como se les imputó el pecado de Adán? La respuesta normal de los evangélicos es que no; hay muchas evidencias de que hay dos clases de personas, los perdidos y los salvados, y que sólo una decisión de aceptar la obra de Cristo hace que ésta sea efectiva en nuestras vidas. Pero si esto es así, la imputación de culpabilidad basada en la acción de Adán, aunque Adán nos incluya a nosotros, no requeriría también cierto tipo de elección volitiva? Si no hay “fe inconsciente”, ¿puede haber 

“pecado inconsciente”? ¿Y qué hay que decir de los niños que mueren? A pesar de haber participado en ese primer pecado, de alguna manera son aceptados y salvados. Aunque no hayan hecho una elección consciente de la obra de Cristo (ni del pecado de Adán), los efectos espirituales de la maldición en su caso les son negados. Aunque algunas teologías conservan el paralelismo permitiendo la imputación inconsciente o incondicional de la culpa de Adán y de la rectitud de Cristo, parece que sería preferible alguna otra alternativa.

Mi forma actual de pensar es la siguiente: todos estamos implicados en el pecado de Adán, y por lo tanto recibimos la naturaleza corrupta que él poseía tras la caída, y la culpa y condena que iban unidas a su pecado. Sin embargo, con este asunto de la culpa, así como con el de la imputación de la rectitud de Cristo, debe haber cierta decisión consciente y voluntaria por nuestra parte. Hasta que esto no sea así, sólo hay una imputación condicional de culpa. Por lo tanto, no hay condena hasta que no alcanzamos la edad de la responsabilidad. Si un niño muere antes de ser capaz de tomar decisiones morales genuinas, la imputación del pecado de Adán no se convierte en realidad, y el niño experimentará el mismo tipo de existencia futura con el Señor que los que hayan llegado a la edad de la responsabilidad moral y se les hayan perdonado sus pecados por haber aceptado la oferta de la salvación basada en la muerte expiatoria de Cristo. El problema de la naturaleza corrupta de tales personas probablemente se trata de la misma manera en que se glorificará la naturaleza imperfectamente santificada de los creyentes.

¿Cuál es la naturaleza de la decisión voluntaria que acaba con nuestra inocencia infantil y constituye la ratificación del primer pecado, la caída? Una posición sobre esta cuestión es que no hay imputación final del primer pecado hasta que no cometemos un pecado nosotros mismos, ratificando así el pecado de Adán. Al contrario que el punto de vista arminiano, esta posición mantiene que en el momento de nuestro primer pecado nos convertimos en culpables de ese pecado y también del pecado original. No obstante, hay otra posición, una que es preferible ya que conserva mejor el paralelismo entre nuestra aceptación de la obra de Cristo y la responsabilidad del primer pecado. Nos hacemos responsables y culpables cuando aceptamos o aprobamos nuestra naturaleza corrupta. Hay un tiempo en la vida de cada uno de nosotros en el que nos damos cuenta de nuestra tendencia hacia el pecado. En ese momento, podemos aborrecer la naturaleza pecadora que ha estado presente en nosotros todo el tiempo. En ese caso podemos arrepentirnos de ello, e incluso si conocemos el evangelio, podemos pedir perdón a Dios y limpieza. Al menos habrá un rechazo a nuestra condición pecadora. Pero si nos sometemos a esa naturaleza pecadora, estamos diciendo que en efecto es buena. Dando nuestro consentimiento tácito a la corrupción, también estamos aprobando o dando nuestra conformidad a la acción del Jardín del Edén de hace tanto tiempo. Nos convertimos en culpables de aquel pecado sin haber cometido pecado nosotros mismos.