Teología evangélica

La ortodoxia tradicional o la posición evangélica sobre la salvación se relaciona estrechamente con la manera ortodoxa de entender el problema humano. Según este entendimiento, la relación entre el ser humano y Dios es la principal. Cuando esa no va bien, las otras dimensiones de la vida también se ven afectadas de forma adversa.

Los evangélicos entienden que las Escrituras indican que hay dos aspectos principales en el problema humano del pecado:

1. El pecado es una relación rota con Dios. El humano no ha sido capaz de cumplir con las expectativas divinas, ya sea por transgresión de los límites de la ley de Dios o porque no se ha podido hacer lo que se ha ordenado en ella. Desviarse de la ley trae como consecuencia un estado de culpabilidad o la posibilidad de ser castigado.

2. La auténtica naturaleza de la persona queda dañada por haberse desviado de la ley. Ahora hay una inclinación hacia el mal, una inclinación al pecado. Hay, por así decirlo, una preferencia a alejarse del bien, de manera que la persona tiende por naturaleza a hacer el mal. Normalmente se le denomina corrupción, y se muestra a menudo mediante la desorientación interna y el conflicto. Más allá de esto, como vivimos en medio de una red de relaciones personales, la ruptura en nuestras relaciones con Dios perturba nuestras relaciones con otras personas. El pecado incluso adquiere dimensiones colectivas: toda la estructura de la sociedad ocasiona perjuicios y daños sobre individuos y grupos minoritarios.

Ciertos aspectos de la doctrina de la salvación se relacionan con la condición de uno ante Dios. El estatus legal del individuo debe cambiar de culpable a no culpable. Se trata de ser declarado justo o recto a los ojos de Dios, o que se considere que cumple con todos los requisitos divinos. El término teológico aquí es justificación. Uno queda justificado mediante la unión legal con Cristo. Sin embargo, es necesario algo más que la mera remisión de la culpa, porque la cálida intimidad que debería caracterizar una relación con Dios se ha perdido. Este problema se rectifica mediante la adopción, en la que se restablece el favor de Dios y se nos permite reclamar todos los beneficios que proporciona el Padre amoroso.

Además de la necesidad de restablecer nuestra relación con Dios, existe también una necesidad de alterar la condición de nuestro corazón. El cambio básico en la dirección de una vida desde una inclinación hacia el pecado hacia un deseo positivo de vivir con rectitud se denomina regeneración o, literalmente, nuevo nacimiento. Implica una auténtica alteración de nuestro carácter, una infusión de una energía espiritual positiva. Sin embargo, esto simplemente es el principio de la vida espiritual. La condición espiritual del individuo se va alterando progresivamente; uno realmente llega a ser más santo. Este cambio progresivo subjetivo se denomina santificación (“hacer santo”). La santificación llegará a su final en la vida tras la muerte, cuando la naturaleza espiritual del creyente se perfeccionará. A esto se le llama glorificación. El mantenimiento individual de la fe y el compromiso hasta el final a través de la gracia de Dios es la perseverancia.

Aqui adoptaremos la postura evangélica sobre la salvación. Aunque a Dios le preocupan todas las necesidades humanas, tanto las individuales como las colectivas, Jesús dejó claro que el bienestar espiritual eterno del individuo es infinitamente más importante que la satisfacción de las necesidades temporales. Observemos, por ejemplo, su consejo en Mateo 5:29-30: “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti, pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala y échala de ti, pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”. Su pregunta retórica en Marcos 8:36 plantea la misma cuestión: “¿De qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” La preocupación de Dios por el bienestar espiritual eterno de los humanos y la imagen bíblica del pecado son pruebas convincentes para el punto de vista evangélico sobre la salvación. El pecado se origina en el individuo a través de la elección voluntaria cuando responde a la tentación. También observamos que la naturaleza radical y absoluta del pecado. Esta “depravación total”, como se denomina, significa que se necesita una transformación radical y sobrenatural de la naturaleza humana para el perdón y la recuperación del favor de Dios.

 

El medio de salvación desde el punto de vista evangélico

¿Cuáles son, según la construcción evangélica de la teología, los medios de salvación o, por decirlo de forma más amplia, los medios de gracia? Hasta cierto punto la teoría evangélica ha sido expuesta en nuestra evaluación sobre los puntos de vista de la teología de la liberación y el sacramentalismo. Sin embargo, es necesario decir más en términos de una declaración positiva de la postura evangélica.

Según la teología evangélica, la Palabra de Dios juega un papel indispensable en todo el asunto de la salvación. En Romanos, Pablo describe la condición de las personas sin Cristo. No hay ningún justo; ninguno merece su gracia y salvación (3:9-20). Entonces ¿cómo pueden ser salvos? Tienen que ser salvados invocando el nombre del Señor (10:13). Sin embargo, para que sean llamados deben creer, pero no pueden creer si no escuchan; por lo tanto alguien debe contarles o predicarles las buenas nuevas (vv. 14-15). Pablo también escribe a Timoteo sobre la importancia de la Palabra de Dios. Las Sagradas Escrituras que Timoteo conoce desde su juventud: “te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:15b-17). Pedro también habla de este papel instrumental de la Palabra de Dios: “pues habéis renacido, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre...y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 P. 1:23, 25). En el Salmo 19 David exalta las virtudes y valores de la ley del Señor: reanima el alma (v. 7a); notifica (vv. 7b, 8b); advierte en contra de lo que está mal (v. 11).

Hay una serie de imágenes ricas que expresan la naturaleza y función de la Palabra de Dios. Es un martillo capaz de romper un corazón duro (Jer. 23:29), un espejo que refleja nuestra auténtica condición (Stgo. 1:23-25), una semilla que crece (Lc. 8:11; 1 P. 1:23), la lluvia y la nieve que nutre la semilla (Is. 55:10-11). Es comida: leche para niños (1 Co. 3:1-2; He. 5:12-13), carne para las personas maduras (1 Co. 3:2; He. 5:12-14), y miel para todos (Sal. 19:10). La Palabra de Dios es oro y plata (Sal. 119:72), una lámpara (Sal. 119:105; Prov. 6:23; 2 P. 1:19), una espada que discierne el corazón (He. 4:12), un fuego que impulsaba al creyente a hablar (Jer. 20:9). Estas imágenes expresan gráficamente la idea de que la Palabra de Dios es poderosa y capaz de lograr una gran obra en la vida del individuo. Sin embargo, no es sólo la Biblia, sino la Palabra tal como la aplica el Espíritu Santo, la que efectúa una transformación espiritual.

La Palabra de Dios es el medio no sólo de iniciar la vida cristiana, sino de madurar en ella. Por tanto, Jesús les dijo a sus discípulos que estarían limpios por la palabra que les había hablado (Jn. 15:3). También oró para que el Padre les santificara en verdad, porque la palabra del Padre es verdad (Jn. 17:17). El Señor le dijo a Josué que el libro de la ley era el medio para llevar una vida de rectitud: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la Ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que está escrito en él, porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien” (Js. 1:8). La Palabra de Dios guía nuestros pies (Sal. 119:105) y nos proporciona protección cuando luchamos en la guerra espiritual (Ef. 6:17).

Hemos visto que la Palabra de Dios, ya sea leída o predicada, es el medio que tiene Dios para presentarnos la salvación que encontramos en Cristo; la fe es nuestro medio de aceptar esa salvación. Pablo expresa esto con bastante claridad en Efesios 2:8-9: “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe”. Que la Palabra de Dios (el evangelio) y la fe son medios de salvación es evidente en Romanos 1:16-17: “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego, pues en el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: “Mas el justo por la fe vivirá”. La necesidad de la fe también queda clara en Romanos 3:25: “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados”. Pablo deja claro que sólo hay una manera de salvarse para todos, ya sean judíos o gentiles: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la Ley. ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles, porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (vv. 28-30). Incluso a Abraham se le considera justo debido a su fe: “Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia” (Ro. 4:3; ver también vv. 9, 12).

Si lo que acabamos de decir es correcto, la salvación no es por obras. Una persona es declarada justa a los ojos de Dios, no porque haya hecho buenas obras, sino por haber creído. Pero ¿qué ocurre con los pasajes que parecen argumentar a favor de que las obras son necesarias para obtener la salvación de Dios? Entre estos pasajes están Mateo 25:31-46; Lucas 7:36-50; 18:18-30 y Santiago 2:18-26. Cuando los interpretamos, necesitamos tener en cuenta la enseñanza clara de los pasajes que acabamos de examinar.

Quizá el pasaje más problemático es Mateo 25:31-46, que parece sugerir que nuestro destino eterno se basará en haber sido amables y caritativos con los demás. Sin embargo, deberíamos señalar una característica de este relato. Las obras hechas a los demás no son realmente la base sobre la que se emite el juicio. Porque esas obras se considera que han sido hechas (o no) a Jesús mismo (vv. 40, 45). Es por tanto, nuestra relación con el Señor, no con los demás, la base del juicio. Surge la siguiente cuestión: si las obras hechas a los demás no son la base del juicio, ¿por qué se toman siquiera en consideración? Para responder a esta cuestión debemos entender a Mateo 25:31-46 en el contexto más amplio de la doctrina de la salvación. Obsérvese aquí la sorpresa de ambos grupos cuando se presenta la prueba (vv. 37-39, 44). No habían pensado en las obras hechas a los demás como una indicación de su relación con Dios. Incluso los que habían hecho obras de caridad se sorprendieron cuando sus actos de amabilidad se presentaron como prueba. Es verdad que las obras no son meritorias. Sin embargo, son prueba de nuestra relación con Cristo y de que su gracia ya está obrando en nosotros. Donald Bloesch comenta:

"La intención de la parábola es mostrarnos que seremos juzgados por los frutos que nuestra fe coseche, aunque cuando relacionamos este pasaje con su contexto más amplio vemos que los frutos de la fe son al mismo tiempo la obra de la gracia en nuestro interior. Son la evidencia y la consecuencia de una gracia que ya se ha vertido sobre nosotros. Vamos a ser juzgados según nuestras obras, pero vamos a ser salvados a pesar de ellas. Se deben hacer ambas afirmaciones si queremos hacer justicia al misterio del don gratuito de la salvación. El juicio final es la confirmación de la validez de una justificación que ya consiguió Jesucristo".

La clave para entender este pasaje es, pues, tener en mente que se relaciona con el juicio final, no con nuestra conversión. Las buenas obras que hacemos a los demás son representadas como lo que sigue a la salvación, no como lo que debemos hacer para recibirla.

En Lucas 7:36-50 encontramos el relato de una mujer pecadora que lava los pies de Jesús con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, y después los besa y los unge. Reconociendo lo que la mujer ha hecho y declarando que ha amado mucho, Jesús dice que sus pecados le son perdonados (vv. 44-48). Esto parece indicar que fue perdonada por sus acciones y por amar. Sin embargo, las palabras de Jesús cuando la mujer se va son muy instructivas: “Tu fe te ha salvado; ve en paz” (v. 50).

La historia del joven rico, que encontramos en Lucas 18:18-30 (y también en Mt. 19:16-30; Mr. 10:17-31), parece sugerir que la salvación se obtiene mediante obras. Porque a la pregunta: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús contesta: “vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme” (Lc. 18:22). Sin embargo, es significativo que inmediatamente antes de este episodio, Jesús dijera: “De cierto os digo que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (v. 17). Por lo tanto, la base de la salvación es confiar como lo haría un niño; el deseo de dejarlo todo atrás es únicamente una manera de determinar si uno tiene ese tipo de confianza.

Finalmente, un examen detenido nos demostrará que Santiago 2:18-26 no considera las obras una alternativa a la fe, sino una certificación de la fe. El apóstol dice: “Muéstrame tu fe sin tus obras y yo te mostraré mi fe por mis obras” (v. 18). Santiago de ninguna manera niega que seamos justificados sólo por la fe. Más bien, en este pasaje la idea que plantea es que la fe sin obras no es fe auténtica; está muerta (v. 20). La fe verdadera necesariamente conduce a las obras. La fe y las obras son inseparables. Y por eso Santiago escribe: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: “Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia”, y fue llamado amigo de Dios” (vv. 21-23). Es significativo que, al igual que Pablo en Romanos 4:3 y Gálatas 3:6, Santiago cite aquí el clásico texto de prueba para la salvación por fe: Génesis 15:6. Al decir que lo que Abraham hizo cumplió las Escrituras, Santiago está conectando claramente las obras con la justificación por la fe; las obras son el cumplimiento de la fe.

Nuestra conclusión de los cuatro pasajes que acabamos de examinar, cuando los vemos en sus contextos y en relación con los textos que hablan de justificación por fe, es que no enseñan que las obras sean medios para recibir la salvación. Más bien, lo que enseñan es que la fe genuina quedará evidenciada por las obras que esta produce. La fe que no produce obras no es verdadera fe. De la misma manera, las obras que no surgen de la fe y de una relación auténtica con Cristo no serán tenidas en cuenta el día del juicio. Jesús deja esto claro en Mateo 7:22-23. En ese día muchos le dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. Seguramente todo eso será verdad. Sin embargo Jesús responderá: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!” Como sus obras no fueron hechas con fe y compromiso auténticos, Jesús no incluye a ese tipo de gente entre las personas que han hecho la voluntad del Padre que está en los cielos (v. 21).

 

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