La teoría gubernamental: la expiación como demostración de la justicia divina

La teoría sociniana y la teoría de la influencia moral, dibujan a Dios básicamente como un ser compasivo e indulgente. Mantiene que para recuperar el favor de Dios únicamente es necesario hacer todo lo que podamos o responder al amor de Dios. Seguir este punto de vista podría conducirnos al antinomianismo (no hay necesidad de obedecer la ley o preceptos morales). Sin embargo, la ley de Dios es un asunto serio y violarla o no tomarla en consideración no es un asunto que deba tomarse a la ligera. La llamada teoría gubernamental enfatiza la seriedad del pecado. Es una visión mediadora con elementos tanto objetivos (la expiación se considera que satisface las demandas de justicia) como subjetivos (se considera que la muerte de Cristo es disuasoria para el pecado haciendo que el pecador se dé cuenta de la gravedad de lo que significa pecar).

El mayor defensor de la teoría gubernamental fue Hugo Grotius (1583- 1645), por formación más abogado que clérigo. En consecuencia, incluyó en su examen de la expiación el tipo de consideraciones que serían importantes para un jurista. Desarrolló la teoría en respuesta a los socinianos, cuya idea sobre la expiación consideraba que estaba demasiado centrada en el hombre. Se había educado en las enseñanzas calvinistas, pero se convirtió en arminiano.

Para entender el punto de vista de Grotius debemos comenzar por su concepto de la naturaleza de Dios. Dios es un ser muy santo y recto que ha establecido ciertas reglas. El pecado supone la violación de esas reglas. Sin embargo, estas violaciones no deben considerarse ataques a la persona de Dios como ser individual privado. Más bien, como dirigente, su preocupación por la ley es como la de un administrador. El derecho a castigar va unido al oficio de dirigir. Por tanto, Dios como gobernante tiene derecho a castigar el pecado, porque el pecado de forma inherente merece ser castigado.

Las acciones de Dios se deben de entender, no obstante, a la luz de su atributo predominante, esto es, el amor. Dios ama a la raza humana. Aunque tiene derecho a castigarla por su pecado, no es necesario ni obligatorio que lo haga. Puede perdonar el pecado y absolver a los humanos de su culpa. Sin embargo, el asunto es la manera en que se hace eso. Él ha escogido hacerlo de tal manera que manifiesta tanto su clemencia como su severidad. Dios puede perdonar el pecado, pero también toma en consideración los intereses de su gobierno moral.

Según Grotius, es posible que Dios relaje la ley de manera que no sea necesario un castigo específico o una pena por cada violación de la misma. Sin embargo, ha actuado de manera que mantiene los intereses del gobierno. El papel de Dios aquí es el de un gobernante más que el de un prestamista o un amo. Un prestamista puede cancelar una deuda si elige hacerlo. Un amo puede castigar o no según sea su deseo. Sin embargo, un gobernante no puede simplemente ignorar o pasar por alto la violación de las reglas. No puede actuar según su capricho, sus deseos personales en un momento dado. Más bien, debe actuar teniendo en mente los intereses más adecuados para aquellos que están bajo su autoridad.

Lo que más le interesaba a la humanidad era que Cristo muriera. El perdón de sus pecados, si se ofreciese con demasiada libertad, acabaría por minar la autoridad y la eficacia de la ley. Por tanto, era necesario tener un sacrificio que proporcionase base para el perdón y a la vez conservara la estructura del gobierno moral. La muerte de Cristo sirvió para cumplir ambos fines. Al describir la muerte de Cristo, Grotius utilizó el término “sustitución penal.” No quería decir que la muerte de Cristo fuera una pena infligida a él como sustituto de la pena que debería ir unida a los pecados de la humanidad. Más bien, Grotius consideraba que la muerte de Cristo era un sustituto de la pena. Lo que Dios hizo a través de la muerte de Cristo fue demostrar que la justicia de Dios requerirá que suframos si continuamos en pecado. Subrayando la seriedad de romper la ley de Dios, lo horrendo del pecado, esta demostración de la justicia de Dios es más impresionante a la vista de quién era y lo que era Cristo. La visión del sufrimiento que Cristo soportó es suficiente para alejarnos del pecado. Y si le damos la espalda al pecado, podemos ser perdonados y el gobierno moral de Dios se puede conservar. Por tanto, debido a la muerte de Cristo es posible que Dios perdone nuestros pecados sin que se produzca una rotura en la fibra moral del universo.

Según la teoría gubernamental, los sufrimientos de Cristo son una expiación por el pecado. Sin embargo, la interpretación de Grotius sobre esta declaración es bastante diferente a la de alguien como Anselmo. Según la perspectiva de Anselmo, que a veces se denomina “teoría de la satisfacción” de la expiación, la muerte de Cristo fue una pena real que se le impuso como sustituto de la pena que debería ir unida a la infracción de la ley por parte de los pecadores individuales. Grotius no está de acuerdo. Cree que la muerte de Cristo no fue un castigo; al contrario, hizo que el castigo fuera innecesario. De hecho, según Grotius, no se podía vincular o transferir ninguna pena a Cristo, porque el castigo no se puede transferir de una persona a otra. El castigo es personal e individual. Si se pudiera transferir, la conexión entre el pecado y la culpa quedaría separada. El sufrimiento de Cristo, entonces, no fue una manera de soportar de manera vicaria nuestro castigo, sino que fue una demostración del odio que Dios sentía hacia el pecado, una demostración que intentaba inducirnos a sentir horror hacia el pecado. Cuando le damos la espalda al pecado, podemos ser perdonados. Por tanto, incluso en ausencia de castigo, la justicia y la moral se mantienen.

Una implicación del punto de vista de Grotius es que Dios no inflige el castigo como una forma de retribución estricta. El pecado no se castiga simplemente porque merezca ser castigado, sino por las obligaciones del gobierno moral. El fin del castigo no es la retribución, sino la disuasión de cometer más pecados, ya sea por la persona que ha sufrido el castigo o por terceras personas que han observado el mismo. El pecado, sin duda, merece castigo (es más, es el único fundamento para el castigo), y Dios no sería injusto aplicando la pena para el pecado en cada caso. Por tanto, no es injusticia cuando alguien es castigado. Pero el castigo no necesita ser aplicado en todos los casos, ni en toda su extensión.

Según lo anterior debería resultar claro que Grotius era un oponente activo del antinomianismo en todas sus formas, como han sido los últimos defensores de la teoría gubernamental. Según su manera de verla, la teoría sociniana de que la expiación es esencialmente un hermoso ejemplo de cómo deberíamos vivir es una base insuficiente para vivir de forma genuinamente santa, porque no hay consecuencias que vayan unidas a la incapacidad para vivir una vida santa. Tiene que animarse a la gente hacia la bondad y a la vez apartarla del mal. Incluso la teoría de la satisfacción fomenta el que no se tenga en consideración la ley. Porque si la muerte de Cristo es un equivalente exacto del castigo por nuestros pecados, entonces no existe posibilidad real de castigo futuro para nosotros y podemos hacer todo lo que queramos. Una vez que Cristo murió por nosotros, ya no hay necesidad de que se nos castigue. Grotius creía que su esquema, por el contrario, tenía la ventaja de marcar en la humanidad la seriedad de todo pecado.

En la teoría gubernamental hay un elemento objetivo. La muerte era una ofrenda real hecha por Cristo a Dios. Mediante este acto Dios una vez y para todos fue capaz de tratar con clemencia a la humanidad. La expiación tuvo un impacto en Dios. Pero principalmente la teoría gubernamental es una teoría subjetiva sobre la expiación: el impacto más destacado se produjo en los seres humanos. El propósito de la muerte de Cristo no era satisfacer las demandas de la misma naturaleza de Dios para que él pudiera hacer lo que de otra manera no podría haber hecho, esto es, perdonar los pecados. Más bien, la muerte de Cristo permitió a Dios perdonar los pecados o exonerar del castigo de manera que no hubiera consecuencias desfavorables o efectos adversos sobre los humanos. El sufrimiento de Cristo sirve como disuasión para el pecado dejando impreso en nosotros la gravedad del pecado. Cuando le damos la espalda al pecado, podemos ser perdonados. Nuestra necesidad de ser castigados ha sido eliminada, y sin embargo, al mismo tiempo, el gobierno moral y la autoridad de la ley se han mantenido. Por tanto, a la larga, el impacto principal de la expiación se produce en los humanos.

Desde el punto de vista de Grotius que Cristo se ofreciese a sí mismo fue satisfacción suficiente para mantener el gobierno moral, y por tanto Dios fue capaz de exonerar del pecado de manera que no hubo consecuencias adversas para la humanidad. Los socinianos objetan que la satisfacción y la exoneración son mutuamente excluyentes. Si Dios requiere o acepta la satisfacción por los pecados no existe realmente la misericordia ni la gracia. Pero Grotius distingue entre el pago total de una deuda y la satisfacción. Estudiosamente evita la noción legalista de que Dios en todos los casos requiera una pena equivalente para una ofensa. Si hubiera un pago total y completo, no habría un perdón real. Pero la satisfacción que se acepta como suficiente para el propósito del gobierno no excluye ni impide la clemencia por parte de Dios. No requiere la pena completa. Por lo tanto hay una exoneración verdadera. En lugar de insistir en que se pague la pena hasta las últimas consecuencias, la naturaleza amorosa de Dios desea perdonarnos. Es casi como si, en su deseo de perdonar el pecado, Dios hubiera buscado una excusa para no exigir todas las consecuencias. Encontró esta oportunidad en la muerte de Cristo, considerándola suficiente para conservar su gobierno moral.

Una cosa que nos llama la atención cuando examinamos la teoría gubernamental es la falta de una base bíblica explícita. Buscamos en vano en la obra de Grotius textos bíblicos específicos que comuniquen su idea principal. Más bien, vemos en funcionamiento la mente del abogado, que se centra en los principios generales de las Escrituras y extrae ciertas inferencias de ellos. El verso que se cita como apoyo directo a la teoría de que la muerte de Cristo fue exigida por la preocupación de Dios por conservar su gobierno moral y la ley cuando perdona el pecado es Isaías 42:21: “Jehová se complació por amor de su justicia en magnificar la Ley y engrandecerla.” Otras Escrituras se utilizan como evidencia de los elementos contextuales de la teoría gubernamental de la expiación. A este respecto la exposición de John Miles sobre la expiación es bastante reveladora. Enumera listas de textos que hablan de ira divina, rectitud divina y sacrificio mediante el sufrimiento, pero no menciona textos que tratan la idea de la expiación en sí misma o más correctamente, que definan la expiación. Los versos que cita describen varios aspectos (por ejemplo, el sufrimiento de Cristo), pero no entran en el carácter esencial de la expiación o la manera en que funciona. Por tanto, mientras que otras teorías toman una declaración bíblica explícita sobre la naturaleza de la expiación y la enfatizan más que otras, la teoría gubernamental funciona deductivamente de alguna de las enseñanzas y los principios generales de las Escrituras.