La teoría de la influencia moral: la expiación como demostración del amor de Dios

Otro punto de vista que enfatiza que el principal efecto de la muerte de Cristo se produce en los humanos es la denominada “teoría de la influencia moral” de la expiación. Sin embargo, al contrario que la teoría sociniana que resalta la naturaleza humana de Cristo y considera su muerte como un ejemplo del amor que tenemos que mostrar hacia Dios, la teoría de la influencia moral ve la muerte de Cristo como una demostración del amor de Dios; resalta la dimensión divina de Cristo.

La teoría de la influencia moral fue desarrollada primero por Pedro Abelardo como reacción al punto de vista de Anselmo. Anselmo pensaba que se necesitaba la encarnación debido a que nuestro pecado es una ofensa contra la dignidad moral de Dios, en consecuencia, debe haber alguna forma de compensación a Dios. Abelardo, por otra parte, resaltaba la primacía del amor de Dios e insistía en que Cristo no hizo ninguna especie de pago de sacrificio al Padre para satisfacer su dignidad ofendida. Más bien, Jesús demostró a la humanidad toda la extensión del amor de Dios hacia ellos. Era el temor de la humanidad y su ignorancia de Dios lo que necesitaba ser rectificado. Esto se consiguió con la muerte de Cristo. Así que el principal efecto de la muerte de Cristo se produjo sobre los humanos y no sobre Dios.

Esta teoría no recibió un apoyo inmediato. Sin embargo, tiempo después ganó popularidad cuando la expuso otro de sus defensores. Horace Bushnell (1802-76) la popularizó en Estados Unidos, mientras que probablemente su representante más destacado en Gran Bretaña fue Hastings Rashdall. Nuestra exposición la hemos extraído principalmente del pensamiento de estos hombres.

Los defensores de la teoría de la influencia moral mantienen que la naturaleza de Dios es esencialmente el amor. Minimizan cualidades como la justicia, la santidad y la rectitud. Según esto, concluyen que los humanos no tienen que temer la justicia y el castigo de Dios. Por tanto, su problema no es que hayan violado la ley de Dios y que les vaya a castigar, y de hecho debe hacerlo; sino que las actitudes humanas les mantienen separados de Dios.

Nuestra separación y alejamiento de Dios puede tener diferentes formas. Puede que no nos demos cuenta de que nuestra desobediencia es una fuente de dolor para Dios. O puede que no nos demos cuenta de que a pesar de todo lo que ha ocurrido, Dios sigue amándonos. Puede que temamos a Dios, o puede que le culpemos de los problemas que tenemos en nuestra relación con él, o incluso con el mundo en general. Sin embargo, si nos arrepintiéramos y volviéramos nuestra confianza y fe hacia Dios, habría reconciliación, porque la dificultad no reside en la habilidad de Dios para perdonar. Nada en su naturaleza requiere la satisfacción o rectificación de nuestros pecados. La dificultad está en nosotros. Bushnell considera el pecado como un tipo de enfermedad de la que debemos ser curados. Para corregir este defecto nuestro es para lo que vino Cristo.

Bushnell defiende con fuerza la empatía de Cristo. Es adecuado pensar que Cristo sentía un gran amor hacia los humanos incluso antes de la encarnación; él ya llevaba la carga de ellos. Mientras que las teorías más objetivas sobre la expiación (por ejemplo, las teorías que resaltan que el principal efecto de la muerte de Cristo es sobre algo externo a los humanos) entienden la muerte de Cristo como la razón de su venida, Bushnell mantiene que él vino para demostrar el amor divino. Su muerte fue meramente una de las formas (aunque sin duda la más impactante de todas) de expresar su amor. Por lo tanto, la muerte de Jesús fue un incidente o circunstancia que le permitió demostrar su amor. Como dice Bushnell, la expiación [de Jesús], tomada como un hecho en el tiempo, no se estableció ante él como fin, u objeto de su ministerio, esto lo habría convertido en un mero espectáculo de sufrimiento, sin dignidad racional, o carácter, pero cuando sucedió, fue sencillamente la mala suerte tal clase de obra, perseguida con gran devoción, suele encontrarse en el camino. Su muerte no fue el propósito, sino la consecuencia de su venida.

Desde el punto de vista de Bushnell el fin u objeto de la venida de Jesús no era “cancelar la deuda de nuestro pecado” o “satisfacer la justicia divina para nosotros.” Señala que, aunque presentado en varios contextos y en asociación con diversas imágenes e ideas, el propósito de la muerte al igual que el de la vida de Jesús se explica de forma coherente a lo largo de las Escrituras. El objetivo de Jesús se encuentra en sus propias palabras “porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10); “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn. 18:37). Pablo dijo que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19). Aunque la forma de expresión varíe, todos estos pasajes tienen una idea común. Bushnell resume: “Tomando estos pasajes y todos los distintos pasajes de las Escrituras, concebimos una transacción que desarrolla carácter en las almas; un cambio de vida interno regenerador, salvador, sujeto a la verdad, que todo lo restablece, en una palabra el establecimiento del reino de Dios, o del cielo, entre los hombres, y finalmente la reunión la incorporación a ello de un nuevo mundo.”

Curar almas es la auténtica obra que Jesús vino a hacer. La humanidad tenía una urgente necesidad de este tipo de curación. Esta necesidad es mayor que la necesidad de los que se acercaron a Jesús durante su vida con sus problemas físicos. Los humanos no sólo necesitan la absolución del pecado, sino que se les libere de él. Los humanos pueden ser curados y reconstituidos, por así decirlo, debido al sacrificio y el sufrimiento de Jesús. Su muerte ha hecho posible el cumplimiento de las tres necesidades más básicas de la humanidad:

1. La humanidad necesita una apertura a Dios, una inclinación a responder a su llamada al arrepentimiento. Piense en la situación de Adán y Eva en el jardín del Edén después de haber pecado. No querían ver a Dios; tenían miedo de él y trataban de esconderse o escapar de él. Esta es la respuesta natural de un pecador ante el acercamiento de Dios: pavor, miedo, evitación. Entendiendo nuestra reacción, Cristo no nos muestra principalmente su infinita santidad y pureza, sino que se introduce en nuestra situación, muriendo con la muerte más amarga concebible. Bushnell describe su poderoso efecto sobre nosotros: En una palabra le vemos entrar tan profundamente en nuestra situación, que nos ablandamos y nos sentimos atraídos hacia él, y empezamos a desear que entre más profundamente, para sentirlo con más fuerza. De esta manera se produce un punto muy importante en nuestra recuperación. Nuestro corazón es tocado antes de ser quebrantado. Apreciamos al Amigo antes de amar al Salvador. Por tanto Jesús mediante su muerte ha cumplido nuestra primera necesidad como seres humanos pecadores: ha eliminado nuestro temor a Dios.

2. La segunda necesidad humana es la de una convicción genuina y profunda sobre el pecado personal y el arrepentimiento subsiguiente. Seguramente tenemos un sentimiento superficial de remordimiento cada vez que hacemos algo mal. También sabemos que la ley de Dios dicta una sentencia dura y directa sobre el pecado. Sin embargo, lo que es necesita es una convicción del pecado mejor, más sensible y más penetrante. Además de la concienciación objetiva, intelectual de que se ha actuado mal que es lo que ofrece la ley, lo que necesitamos es una convicción interna profunda que conduzca a un sentimiento de pena genuino de lo que le hemos hecho a Dios. Cuando le vemos a él, a quien hemos herido con nuestro pecado, nos ablandamos. Al contrario que Judas, que se fue y se suicidó, nosotros no nos sentiremos desanimados, endurecidos o rechazados por el dolor que acompaña al reconocimiento de nuestro pecado; más bien, daremos la bienvenida a la angustia. Como Pablo al oír las palabras “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch. 9:5), nos daremos cuenta de que nuestra resistencia a Dios ha desaparecido. Nos volveremos con amor hacia Jesús.

3. La humanidad también necesita inspiración. Aunque tenemos descripciones abstractas de la santidad que tenemos que personificar, es cuando la vemos expuesta de forma práctica y personal cuando se hace real para nosotros. No queremos definiciones teológicas de Dios, dice Bushnell. En su lugar, “queremos un amigo, a quien podamos sentir como hombre, y que sea lo suficientemente adecuado para que nosotros lo aceptemos y amemos.”

Bushnell habla mucho del cambio que es necesario que se produzca en nosotros. Habla de que volvemos a nacer, somos creados de nuevo, avivados. Este cambio es posible gracias a la obra que Cristo realizó de forma especial con su muerte. Humanizó a Dios, trayéndolo a nuestro plano. Conocemos a Jesús de la misma manera que nos conocemos unos a otros.

Según Bushnell, uno de los alicientes más poderosos para amar y confiar en Dios es darse cuenta de que él también ha sufrido debido al mal. Hay una tendencia humana a preguntar por qué Dios no elimina el mal del mundo, o incluso a culparle a él por su existencia. Saber que Dios es grande y completamente suficiente nos conduce en esa dirección y también a la asunción de que Dios no puede sufrir, al ser infinito e inmutable. La muerte de Cristo, sin embargo, es evidencia de que el pecado del mundo no se ajusta a los ojos de Dios de la manera que una visión desagradable se ajustaría a un ojo de cristal. La muerte de Cristo deja claro que Dios tiene sensibilidad hacia el dolor que el pecado trae sobre nosotros. No se debe culpar a Dios por los pecados que sufre el mundo. Como siente el poder y la tragedia su respuesta básica no es la condenación, sino la compasión. Un Dios así provoca nuestro amor y confianza.

 

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